Homilía (22 de Febrero)

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Amigos y Hermanos radioyentes:

Nunca acabaremos de agradecer a Dios, nuestro Padre, el tender dominicalmente esta mesa del altar, en este Camarín de San Nicolás, y sentir que toda La Rioja está como entrelazada en la oración, en el ofrecimiento de su vida por Jesucristo y en un abrazo de paz.

La Mesa de este altar, como las tendidas en cada comunidad parroquial de toda la diócesis, en la que preside un hermano sacerdote, sigue siendo fuente de vida, de oración, de encuentro fraternal, de iluminación para la vida, de sano cuestionamiento para mejorar y crecer en la Fe y en las relaciones entre los hombres.

En las horas tranquilas, como en las horas difíciles y dolorosas, como las que vivimos, sentimos que la Madre Iglesia, vive, reza, camina con su pueblo, busca ahondar su fidelidad a Cristo, comparte los dolores y alegrías de sus hijos, sufre, se hace signo de esperanza, oportuna e inoportunamente nos distribuye la Palabra de Dios como luz para no equivocarnos y como alimento para no desfallecer en el camino. Esta Madre Iglesia, sigue, hoy, caminando como Cristo, con los discípulos de Emaús, hasta llevarnos a la Eucaristía. Sigue, como Cristo, haciéndonos ver que era necesario que Cristo debía morir y sufrir para que la Pascua, la Vida, la Resurrección, la Salvación, fueran verdaderas.

Esta es la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, como repetidas veces lo hemos dicho, de la que somos sus miembros y sus hijos. Esta es la Iglesia de Cristo, la misma que tiene como fundamento a los apóstoles, Pedro, Pablo, Juan, Santiago, etcétera. La de los mártires de Roma, la de los Padres Apostólicos, Ignacio y Policarpo, la de San Agustín, Atanasio y San Juan Crisóstomo, la de San Nicolás y la de San Francisco, Santo Domingo y la de todos los Santos, mártires, vírgenes y confesores de la Fe. La misma que presi- dieron los Papas, San Pío X, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Esta es la Iglesia de la que nos habla San Juan en su Primera Carta: “lo que hemos visto y oído se lo damos a conocer, para que estén en comunión con nosotros, con el Padre y con su Hijo Jesucristo… Lo que hemos mirado y nuestras manos han palpado acerca del VERBO que es la VIDA. La VIDA se dio a conocer, lo hemos visto y somos sus testigos, y les anunciamos la Vida Eterna. Estaba con el Padre y se nos apareció…” (1 Jn. 1, 1-4).

Si recordamos esto, no es tanto para argüir, cuanto para meditar, contemplar, fortalecer nuestra fe y mirar lo que vivimos con la misma mirada de Dios. Hace pocos días, decíamos el Episcopado Argentino, a través de unos de nuestros Organismos: “el sacerdocio que llevamos es sagrado, es dado por Jesucristo, a pesar de nuestras débiles y frágiles personas”… Esto lo decíamos en este momento en que hemos perdido el sentido, la admiración y el gusto por la vida… ante tantos hermanos que mueren cada día hasta la de hermanos sacerdotes…” Porque como hombres y máximo como cristianos, valoramos toda vida humana; así fuere ella revestida con traje civil o lleve uniforme; lo repetimos para que no perdamos de vista la visión amplia de fe. Seguimos creyendo que toda sangre derramada entre hermanos clama ante el Dios VIVO y PADRE de TODOS. Volvemos permanentemente ante las fuentes de la Fe Cristiana, para no equivocarnos cuando juzgamos, valoramos y procedemos en los acontecimientos que vivimos. El miedo nos puede hacer perder esta visión de fe; nos puede matar la esperanza; nos empuja a asumir actitudes que acarrean dolorosas consecuencias.

Personalmente busco de ahondar la grave responsabilidad de mi ministerio y de mi misión de Pastor de un pueblo y Obispo de la Iglesia de Cristo. La doble fidelidad que ustedes y el obispo, debemos tener, a saber: a Cristo, a su Evangelio y a su Iglesia, por un lado y a una MISIÓN que debemos realizar en el corazón de un pueblo, en nombre de Cristo y con la fuerza del Espíritu Santo, nos tensiona en la esperanza y en la continua actualización para no ser infieles.

No es fácil, amigo, mirar la vida y los acontecimientos que vivimos, con criterios cristianos, si, por desgracia, desconocemos los más elementales fundamentos de la Fe; si ya no entendemos qué es: Cristo, Iglesia, Evangelio, catequesis, laico, sacerdote, compromiso cristiano, Palabra de Dios. Hoy, es tal la confusión que tenemos en nuestra cabeza y en nuestro corazón, que, a veces, nos hace cometer los errores más garrafales. Confundimos la Prudencia Cristiana por el miedo; fidelidad a la Fe Católica y a la Iglesia por determinados ritos y tradiciones que ni entendemos; confundimos a la Iglesia de Cristo creyéndola una simple organización humana; nos fabricamos una Iglesia paralela y propia que no responde, ciertamente, a la que Cristo fundó. Nos autoengañamos si silenciamos la misión divina de la Iglesia, para no ser cuestionados en nuestras propias conductas personales o colectivas; nos tiene sin cuidado, ni nos preocupa, muchas veces, si la recepción de los sacramentos los recibimos sin la debida, madura, consciente y digna preparación; confundimos la “salvación de las almas” con la evasión concreta de la Fe en la vida de todos los días; manoseamos, a veces, lo sagrado, la vida, el conocimiento y la sabiduría cristianas, con procederes condenables y con estúpido aire doctoral; ocultamos nuestra pobreza moral, nuestra ignorancia y nuestra falta de capacidad profesional y cristiana, con un indebido uso de poder, del orden y jerarquía que fuere; creemos que construimos la felicidad propia y la de los demás con una escala de valores equivocada y engañosa; ocultamos nuestras cobardías, con la clásica regla escapista: “no te metás”; creemos, a veces, ser hombres de oración, actualizarnos en el conocimiento de Cristo de su Evangelio, de la Iglesia y de los problemas actuales, es inútil, pasado de moda, etc. Nos gusta- ría poder tener una Iglesia, un Cristo, un Evangelio… que no perturbe mi propia conducta… así ella fuere desarreglada; el orden que busquemos construir sea engañoso; la paz que buscamos ansiosamente construir aparente y falsa; la fraternidad que necesitamos urgentemente vivir, fuere sólo aparente; a diez años del Concilio Vaticano Segundo, vemos, a veces, el rechazo del mismo; que los Documentos elaborados por el Episcopado Latinoamericano en Medellín y aprobados por el Papa Pablo VI enseñan el comunismo; que la Iglesia hace política; no enseña el Evangelio; que el ministerio sacerdotal debe estar reducido a la sola administración de sacramentos; nada tiene que ver con la vida concreta de los hombres.

Es decir: vivimos un estado de cosas que ciertamente no construyen la tan ansiada paz y la solidaridad fraternal entre argentinos.

Somos conscientes que no es nada fácil llevar adelante la misión de la Iglesia. Se busca dividir; separar a la Iglesia de su pueblo, separar al sacerdote de su comunidad, dividir a los sacerdotes entre sí, hacer dudar al pueblo de la Iglesia; por eso se busca sospecharla, desprestigiarla, hacerla aparecer como infiel a su misión hoy, compararla con los tiempos de antes, que es inoperante; nunca faltan “falsos consejeros” que le dicen a Obispos y sacerdotes lo que es católico de lo que no lo es, los que buscan usarla, silenciarla, etcétera.

Quiero concluir con lo siguiente: a mi lado está concelebrando esta misa radial el Vicario General Mons. Esteban Inestal, que fue detenido y ahora puesto en libertad juntamente con todos los que le acompañaban a Mendoza. Por cierto que nos alegramos de contarlo entre nosotros, agradecemos a Dios que la cordura de quienes los juzgaron les haya hecho ver la inocencia de los presuntos acusados, que a pesar del trato poco digno que han recibido y del manoseo a su condición como Vicario General de una Diócesis, sin embargo no han cometido errores mayores. Invito a quienes fueron causantes de este vergonzoso hecho, ciertamente elaborado en nuestra Provincia de La Rioja, que reflexionen seriamente y cambien esta manera de obrar. Si hemos condenado enérgicamente el hecho, con el Profeta Isaías, no miramos el pasado, perdonamos a los autores manifiestos y ocultos y le pedimos a Dios nuestros Señor que ilumine sus mentes y cambie sus corazones. Es deshonesto concluir si se piensa que condenando estos procederes, hacemos elogios a la violencia y a la “guerrilla”, que solamente oramos por los muertos clandestinos y no por todos los que vierten su sangre en este momento grave de la Patria. Tenemos derecho a pedir: veracidad en la información; honestidad, capacidad y veracidad en los informantes; honestidad, capacidad, veracidad y competencia en quienes juzgan; discernimiento evangélico, competencia doctrinal, limpieza de corazón en el juzgamiento de asuntos que atañen a la Iglesia. Por otra parte, reiteramos no asumir la incompetencia y la ilicitud cuando se usurpa una autoridad que Cristo se las ha confiado a los Apóstoles y a sus sucesores tratándose de la Fe Católica.