Sínodo de la Sinodalidad. Síntesis de Argentina

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INTRODUCCIÓN

Relectura de la experiencia sinodal

El presente informe que presentamos como Conferencia Episcopal Argentina busca sintetizar en pocas páginas algunos aspectos de la labor evangelizadora de la comunidad cristiana presente a lo largo y ancho del territorio de la República Argentina. Esta nación posee no sólo una amplia geografía, sino que en su interior conviven múltiples realidades culturales que abarcan desde megápolis a pequeños parajes; desde pueblos originarios hasta pobladores descendientes de distintas corrientes migratorias, esta diversidad es posibilitadora de una belleza poliédrica no siempre exenta de tensiones. La Conferencia Episcopal Argentina está constituida a partir de setenta y un (71) Iglesias particulares, cinco (5) de ellas pertenecientes a ritos orientales, un obispado castrense y sesenta y cinco (65) Iglesias locales. Esta diversidad se agrupa en ocho regiones pastorales divididas de acuerdo a algunos elementos geográficos/ culturales que indican rasgos comunes y diferenciales. Tratando de dar cuenta de esta riqueza es que encaramos este aporte del proceso sinodal.

“El que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Cfr. Mc 10,44).

  1. El caminar juntos puede considerarse una nota de la Iglesia en América Latina que se ha ido afianzando a partir de la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Desde el Concilio Vaticano II, como Iglesia peregrina en la Argentina, también nosotros fuimos consolidando este caminar conjunto. Algunas de las casi 70 Diócesis y otras circunscripciones eclesiales en el país han realizado sínodos o asambleas diocesanas a lo largo de su historia. Las comunidades guardan una memoria agradecida por esos discernimientos compartidos que suscitaron profundas renovaciones pastorales y han permitido dinamizar la misión a partir del discernimiento creyente de la historia local. Para otras, en cambio, el sínodo constituye una experiencia novedosa que desafía su organización.
  2. En el año 2015 el llamado del Papa Francisco a profundizar la sinodalidad inspiró la realización de varios Sínodos Diocesanos en el país. Hay casos en los que los procesos locales iniciados, la propuesta de participación en la Asamblea Eclesial Latinoamericana (2021), y la preparación al Sínodo 2021-2023 encontraron formas de articularse y enriquecerse mutuamente. Otras experiencias en cambio fue un sucederse de trabajos sin mucha conexión. En ocasiones, las conclusiones alcanzadas en una convocatoria antecedente sirvieron como aportes para las instancias posteriores.
  3. Como Conferencia Episcopal Argentina (CEA) recibimos la convocatoria al Sínodo 2023 como un Kairós, y con alegría y entusiasmo designamos a Marcelo Daniel COLOMBO, arzobispo de Mendoza, Cesar Daniel FERNÁNDEZ, obispo de Jujuy y Ángel José MACÍN, obispo de Reconquista, como los delegados episcopales para la animación nacional del proceso sinodal. A su vez ellos convocaron a delegados diocesanos –laicas y laicos, presbíteros y diáconos, religiosas y religiosos- junto a quienes en instancias virtuales de oración, formación, reflexión e intercambio de información fueron animando procesos locales en orden a brindar un informe por cada circunscripción eclesiástica que se reflejó luego en el trabajo de discernimiento grupal por Regiones Pastorales.
  4. En los encuentros de delegados, tanto virtuales como presenciales, se fue promoviendo la creatividad en la organización diocesana de los procesos de escucha, registro, discernimiento, reflexión y síntesis. Cada diócesis tuvo la libertad de proceder en la recolección de voces y elaboración de conclusiones, de acuerdo a sus recursos, realidades geográficas y pastorales, e incluso su experiencia previa histórica y reciente en procesos de estas características.
  5. Algunos de los participantes del proceso han destacado la novedad que ha supuesto el recurso a las redes sociales y a los formularios online utilizados en las consultas, instancias muy aprovechadas durante los momentos más álgidos de la reclusión por la pandemia del COVID.
  6. El último paso en este camino, luego de los trabajos diocesanos, fue constituir un equipo de peritos con representantes de distintas realidades eclesiales y ámbitos profesionales a los fines de la elaboración de este trabajo de síntesis.

CUERPO DE LA SÍNTESIS

Discernimiento de las contribuciones recogidas

I           UN LLAMADO A ESCUCHAR Y A APRENDER A DIALOGAR (2 y 3)[1]

  • Ideas principales. Escucharnos es el primer paso para construir una Iglesia Sinodal, pero requiere una mente y un corazón abiertos, sin prejuicios. Escuchar al Espíritu para que nos ayude a escuchar a nuestros compañeros de camino. Todos estamos invitados a hablar con valentía y parresía, es decir, con libertad, verdad y caridad.
  • El Espíritu Santo está resonando en nuestro interior, nos pide salir del encierro que a veces transitamos como Iglesia. Escuchar implica la disposición a aprender del otro, a dejarse transformar por él. Requiere de una conversión profunda que permite el encuentro con Jesús y con el prójimo. No es una estrategia para transmitir un mensaje inmutable. La escucha y el discernimiento van unidos.
  • El centro del mensaje evangélico proclama que Dios nos ama y que en Jesús sale a nuestro encuentro para redimirnos. Todas las personas bautizadas estamos invitadas a compartir la esperanza de la Buena Noticia del Reino de Dios. Al mismo tiempo, el Espíritu nos impulsa a que nuestra manera de vivir atestigüe aquello mismo que predicamos con la palabra.
  • Queremos que nuestra escucha sea humanizadora, que disponga de tiempo fraterno para atender a aquellos que desean ser escuchados en sus necesidades. Una escucha, como la de Jesús, desde el corazón recibiendo la vida así como viene, y aprendiendo a reducir nuestros prejuicios. La escucha se concreta, sobre todo, cuando se atiende a las voces que incomodan. Este es uno de los ejes que los informes diocesanos subrayan como relevante, o bien por estar viviendo los frutos de haber practicado esta experiencia, o bien porque se aspira a una mejora en este aspecto. Se dijo: “se dio apertura de corazón para escuchar y esto motivó espacios de escucha”.[2] A pesar de que constatamos que “sobresale la falta de escucha en nuestras comunidades” y que “hay dificultad para entablar un diálogo sincero y escuchar al mundo”, soñamos con una Iglesia que escuche a todas las personas, sin excluir a nadie, especialmente a la humanidad sufriente. Que escuche a quienes están atravesando momentos difíciles de su vida por enfermedades, pérdidas de seres queridos o privación de la libertad.
  • Muchas veces experimentamos una tensión entre los diversos actores de la vida eclesial, ya que no siempre valoramos la riqueza del encuentro; en consecuencia la articulación de objetivos y tareas es un desafío que debemos afrontar. Prevalece en las comunidades un esquema de comunicación piramidal, no siempre comprensible por los destinatarios del mensaje, “No todos tienen las mismas oportunidades de participar y decir su palabra”. Constatamos que dicho esquema dificulta el diálogo y favorece el encierro en nuestras ideas e impide la escucha de otras voces. Sin embargo, en el camino sinodal hemos aprendido que, a partir de una escucha paciente y respetuosa, se pueden superar los disensos y construir la unidad comunitaria. El diálogo franco, abierto y respetuoso es la puerta de entrada al discernimiento. Estamos convocados a formarnos para el ejercicio del diálogo fraterno, que nos abra el corazón y nos impulse a ser creadores de puentes y no de muros, de manera particular entre hermanos que provenimos de distintas culturas. El Espíritu nos mueve a trabajar por una comunicación que favorezca la comunión y que nos ayude a «reconocer nuestros conflictos comunitarios e iniciar un proceso de reconciliación». Comprobamos la alegría de muchos al sentirse escuchados y acogidos como miembros plenos del Pueblo de Dios. Señalamos de manera particular la importancia de escuchar a las víctimas de abuso sexual en la Iglesia y al personal docente y no docente de las escuelas católicas.

II…      QUE PIDE QUE NOS CONVIRTAMOS A UNA IGLESIA QUE CAMINA UNIDA (1, 7, 8, 9 y 10)

  • Ideas Principales. En la Iglesia y en la sociedad compartimos el camino con otros cristianos de diferentes confesiones, a los que nos une el mismo Bautismo. Así construimos una Iglesia que promueve el diálogo, la participación y la corresponsabilidad. En este estilo sinodal discernimos, con la ayuda del Espíritu Santo, aquello que nos dice la comunidad y tomamos decisiones. La sinodalidad implica receptividad al cambio, formación y aprendizaje continuo.
  • La realidad es diversa en las diferentes diócesis y los desafíos apuntan a caminar juntos como Iglesia en salida, misionera y renovada. Nos hemos alegrado con la propuesta del papa Francisco que plantea el tema de la sinodalidad como prioritario, en cuanto al funcionamiento habitual de la Iglesia. Las dos primeras reacciones fueron: por un lado, aceptar la necesidad de la sinodalidad, ésta implica el caminar juntos, escuchándonos entre nosotros, como comunidad, pero también escuchando al mundo, a las personas en sus ámbitos concretos, descubriendo y discerniendo los signos de los tiempos. Había en general un desconocimiento del camino sinodal, lo que dificultaba comprenderlo como un rasgo esencial del ser Iglesia. El proceso sinodal nos muestra una Iglesia que toma diferentes rostros y es una invitación a pensar la sinodalidad desde diversos modos eclesiales, ya que la sinodalidad no es unívoca, “Si bien el modo sinodal ha sido promovido en diversas diócesis, se constata que no es tan fácil precisar las interacciones entre los diversos protagonistas eclesiales: algunos, reclaman mayor presencia y acompañamiento espiritual por parte del sacerdote, revalorizando el rol del mismo como pastor y guía de la parroquia; gran parte habla de un clericalismo que no hace bien”.
  • El Espíritu de Dios nos invita a compartir el camino de la fe y la bondad, sintiendo y siendo testigos a la vez de la cercanía cordial de Jesús. Él nos impulsa a todos los bautizados a la participación activa para amar y servir, dispuestos a aprender, a cambiar y a ser creativos. La fe nos dice que vivimos en un “tiempo oportuno” (un kairós) primaveral y desafiante a la vez. Pedimos al Espíritu Santo que nos ayude a ser testigos de la gracia de Dios para la cultura actual.
  • Hacemos memoria de los caminos recorridos comunitariamente en la pastoral orgánica o de conjunto, los cuales han sido antecedentes de estos procesos sinodales. Descubrimos que nos gusta este modo de ser Iglesia. Las experiencias de sinodalidad previas enriquecen este nuevo llamado a renovar la sinodalidad. Son un ejemplo el santo Brochero y tantas personas que salieron a los caminos a sembrar la fe cristiana; así como compañeros de camino más cercanos en el tiempo, como Mons. Maletti, tan recordado y valorado en la Diócesis de Merlo-Moreno. No olvidamos que la vida de fe de nuestros pueblos ha sido enriquecida con el aporte de variadas expresiones de la religiosidad popular que expresan la cercanía con Jesús y María, e incluso ha sido fecundada con la sangre de los mártires del Zenta, de Monseñor Angelleli y los Mártires de La Rioja.
  • La palabra “camino” y la expresión “estar en camino”, fueron palabras claves en los informes regionales. Con estas expresiones se alude al hecho de estar haciendo un proceso nuevo que denominamos Iglesia en salida. Sentimos que “Caminar es también escuchar y compartir” y que cada comunidad está llamada a ser “posta de caminantes impulsados a dar el pan y el catecismo”. Queremos construir una Iglesia más compañera, que sepa ponerse a la par de la sociedad, pero también se pide compañerismo al interior de las comunidades. Deseamos que “los sacerdotes sean verdaderamente hermanos” y aspiramos a que, cada vez en mayor medida, “la Iglesia esté donde está la gente”.
  • Valoramos el Bautismo como punto de partida para ser miembro activo (sinodal) del Pueblo de Dios y a la parroquia –lugar privilegiado de encuentro, comunión y misión– como el ámbito para formarnos como Iglesia y practicar la sinodalidad. Sentimos el deseo común de poder caminar juntos como pueblo de Dios y al mismo tiempo constatamos que vivir la sinodalidad es una urgencia histórica. En el encuentro con el hermano con quien compartimos la vida descubrimos que estamos llamados a caminar juntos hacia el Reino de Dios.
  • La sinodalidad es mucho más que un parlamento, es estar dispuestos a discernir en unidad la voluntad de Dios en los signos de los tiempos. La vida es camino y ha de ser discernida en todo momento, esto supone transformar nuestros modos pastorales a un estilo más sinodal.
  • Manifestamos nuestro deseo de ser corresponsables en una Iglesia en salida y convertir a cada una de nuestras parroquias en una comunidad de comunidades en clave sinodal. Queremos asumir la corresponsabilidad en la misión, tomando conciencia de ser protagonistas, que no sólo es estar, sino también “hacernos parte”.
  • Es importante construir un modelo institucional sinodal como paradigma eclesial de desestructuración del poder piramidal que privilegia las gestiones unipersonales. Porque la única autoridad legítima en la Iglesia debe ser la del amor y el servicio, como lo hizo el Señor. El evangelio nos da una clave: “El que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Cfr. Mc 10,44). Para ello se necesita un proceso de conversión del corazón para vivir la sinodalidad con audacia y libertad. La práctica de un liderazgo sinodal, atento a la escucha y la creatividad, alienta y propicia la formación de ministerios laicales. Nos alegra constatar que donde se ha avanzado en esta modalidad, el proceso ha llevado a un mayor involucramiento de las distintas instancias diocesanas, con rasgos más pastorales, buscando discernir juntos y acompañarse en el caminar. Esto ha producido que las personas que se integran a las actividades de la Iglesia se sientan acogidas. Resurge la conciencia de implementar o reforzar el funcionamiento de los órganos de corresponsabilidad comunitaria existentes en nuestra Iglesia, tanto a nivel diocesano como parroquial, como los consejos de pastoral, de administración y económico.
  • Constatamos que uno de los principales obstáculos para la sinodalidad, es la cultura clericalista. Desafío pendiente que se refleja en: lucha y abuso de poder, estilo infantilizante de conducción, control y vigilancia, burocratización institucional, autosuficiencia autoritaria, auto- referencialidad, mentalidad de superioridad, autoridad no al servicio de los fieles, modelo de Iglesia centrada en los sacerdotes. Deshacer este modelo eclesial no será posible si los seminarios y los ministros ya ordenados, no optan real y definitivamente por convertir la mentalidad para formarse en el ejercicio de un liderazgo sinodal. Es necesario “propiciar y acompañar a los laicos para que asuman protagonismo como pueblo de Dios en la participación y toma de decisiones”. El clericalismo, tanto de los clérigos como del laicado, ha llegado a ser descripto como “…una autoridad que ahuyenta y que da miedo”. Como ejemplo se ha dicho: “cuando hay cambio de sacerdote en una parroquia, en lugar de éste iniciar un proceso de escucha y conocimiento de la historia de la comunidad, deja apagar o elimina procesos propios de la dinámica comunitaria”. Todos estamos llamados a la conversión de conductas clericalistas, promoviendo en la conducción un estilo de participación y comunión que haga de los laicos no meros obedientes a disposiciones sino verdaderos actores y protagonistas de la evangelización. Particularmente revalorizando el liderazgo “de la mujer en la iglesia, los espacios que ocupa, su lugar en la toma de decisiones”.
  • Necesitamos más que nunca una Iglesia Católica que crezca en el respeto a otras expresiones religiosas. No caer en la práctica de la soberbia, creyéndonos poseedores de la verdad, perdiendo la escucha fraterna y con ello la caridad, cerrando las puertas a los que creen que la Iglesia católica los deja fuera. Sería un cambio grande que la sociedad vea cómo los cristianos nos encontramos y estamos más unidos. La unidad de los cristianos contribuiría en mucho a la unidad del mundo, mostrando en obras que vamos detrás del mismo objetivo: amar a Dios y al prójimo. Valoramos positivamente las actividades comunes de estudio, oración y de caridad. Para ello será oportuno promover más encuentros ecuménicos con otras iglesias cristianas, acentuando lo que nos une. Un esfuerzo similar debe aplicarse en el diálogo interreligioso con otros modos de vivir lo sagrado. En este aspecto nos parece fundamental el encuentro con los pueblos originarios, poseedores de una espiritualidad que tiene mucho que enseñar a una civilización que está destruyendo la “casa común”. Valoramos el gran tesoro de generosidad y bondad que existe entre las personas no creyentes o no practicantes. Por lo tanto, nos urge formar agentes para las relaciones ecuménicas, interreligiosas e interculturales.
  • Aunque no tenemos experiencia suficiente de qué es el discernimiento y cómo podemos llevarlo a cabo en nuestras comunidades, comprendemos que es camino seguro para abrirnos al Espíritu e ir identificando los pasos que hemos de dar.” Consideramos el discernimiento no sólo como un método, sino sobre todo como un estilo de vida privilegiado para la toma de decisiones con espíritu sinodal. Una comunidad dijo: “El Espíritu nos ayudó a tomar conciencia… que el discernimiento comunitario es la mayor expresión de una Iglesia Sinodal”. Si bien esto es claro desde lo conceptual se reconoce que desde las prácticas se debe crecer mucho para alcanzar este modelo.
  • El discernimiento amplía nuestra capacidad de escuchar al Espíritu, al prójimo y a la realidad. A veces nos cuesta encontrar el ámbito para llevarlo a cabo en nuestras comunidades y discernimos y tomamos decisiones sobre la marcha y de acuerdo a las posibilidades de cada persona, de cada grupo. Por esta razón consideramos como muy importante la generación de espacios de diálogo y consulta permanentes que obtengan como fruto una pastoral más orgánica en unidad sinodal de todo el Pueblo de Dios. Los consejos pastorales de la diócesis y de las parroquias, por ejemplo, parecen apropiados para este fin y son como una forma de vincular los procesos sinodales en el marco de los planes pastorales.
  • Constatamos que las asambleas diocesanas de pastoral son encuentros fraternos en los que se discierne en comunidad el camino pastoral diocesano, abiertas a todos los que deseen participar: laicos, sacerdotes, consagrados y representantes de movimientos e instituciones educativas de las distintas comunidades diocesanas.
  • Aunque por momentos las instancias de discernimiento parezcan oscuras, la escucha orante de la Palabra de Dios, que se hace escucha empática y afectiva de los hermanos y hermanas, especialmente los más alejados, favorece una actitud de discernimiento de la realidad vivida como proceso que busca poner a la Iglesia en salida.
  • Nos entristece que en algunas comunidades se hable de violencia institucional, violencia de género, abusos de poder, abusos sexuales, como males de la sociedad que afectan también a la Iglesia, “Encontramos personas con baja autoestima, espacios súper controlados y vigilados por las mismas autoridades que llevan años en el poder y no dejan que sean reemplazadas, creyéndose que se saben todo, nos impide ser activos y generar espacios para replantear los paradigmas de la misión.”. En definitiva, constatamos tensiones no resueltas que entorpecen el camino sinodal.
  • Reconocemos la importancia de los espacios formativos como momentos para fortalecer la sinodalidad, ya que formarnos en ella nos ayudará a vivirla mejor. El llamado a formarse en sinodalidad debe incluir a todos los miembros de la Iglesia (obispos, sacerdotes, seminaristas, laicos y laicas, consagradas y consagrados). No sería acertado suponer dicha formación. Descubrimos que nos falta formación, conversión ecológica, uso adecuado e intensivo de los MCS así como de otros medios que brinda la tecnología. Creemos que, de una manera especial, los seminarios deben ser escuelas de sinodalidad para los futuros sacerdotes.
  • La espiritualidad de la sinodalidad es vital, es una espiritualidad de cercanía, de acogida y de servicio, al estilo de nuestra Madre, María, que se deja impulsar y guiar por la fuerza del Espíritu Santo, que habita en cada uno. Esta espiritualidad nos llama a ser familia. Es importante descubrir las “confirmaciones” que Dios nos va dando, porque Dios habla en la comunidad. Sentimos la presencia de Dios, que abraza cada realidad y nos regala los dones necesarios para ponerlos al servicio de la Iglesia y la sociedad.
  • Percibimos un anhelo de mejorar la integración y la comunicación dentro de la Iglesia tanto entre las comunidades eclesiales como con aquellos que están alejados de la práctica religiosa, al mismo tiempo que constatamos que hay hermanos y hermanas que tienen dificultades, sin poder sentirse integrados a la comunidad eclesial y están desilusionados. Queremos mirar los ojos, los rostros y las manos de los que nos rodean y descubrir junto con ellos las posibilidades que genera el caminar juntos. Cada uno está invitado a expresar su camino en la fe, con sus circunstancias difíciles, contribuyendo a la vida de la comunidad sin que otros le pongan trabas, lo juzguen o lo rechacen.
  • Estamos atentos para valorar los distintos tipos de liderazgo dentro de la Iglesia para que no se apaguen corazones dispuestos y con ansias de participar. Cada uno y cada una, según diversos roles y servicios, está llamado a ser compañero de camino. Sentimos que la sinodalidad es una clave de la identidad eclesial y nos constituye en interlocutores de la Buena Noticia, para todos, especialmente para los más pobres y sufrientes. En este sentido, vemos la necesidad de acompañar a los fieles que se comprometen en el mundo de la política, buscando construir un mundo más justo.
  • Se ha dicho que “faltan espacios genuinos para los jóvenes y puntos de encuentro intergeneracionales”. Por ello los jóvenes y los adultos mayores nos convocan especialmente. En los primeros se destaca, en general, su ausencia, pero al mismo tiempo, su participación cuando son convocados para realizar tareas solidarias. En los adultos mayores se constata que poco a poco van quedando relegados a pesar de ser muchas veces la población mayoritaria de nuestras comunidades. Por eso nos comprometemos no sólo a escuchar y acompañar a los jóvenes y a los ancianos sino también a construir, en común con ellos, los espacios y tiempos que promuevan su participación activa en nuestras comunidades. Nos proponemos “buscar caminos para integrar jóvenes y adultos”. La misma inquietud nos apremia respecto a las personas de cualquier edad que están atravesando por situaciones de vulnerabilidad.
  • Las transformaciones culturales y sociales desafían nuestra misión de manera urgente, de modo especial: las nuevas constituciones familiares, el colectivo LGTBQI+, las personas involucradas en el consumo problemático de sustancias y en la violencia. Jesús no ponía trabas para incluir a la gente. La Iglesia debe abrirse aún más a la diversidad, tanto desde la escucha como desde la acción pastoral. Escuchamos a personas del colectivo LGBTQI+ preguntarse: “¿Dios ha dejado de quererme porque tengo tal condición? ¿No puedo ser parte de la Iglesia por ser distinto? ¿Jesucristo no me incluye en el grupo por los que da su Vida?”. Reconocemos que nos falta crecer también en la inclusión de “otros grupos tales como los separados en nueva unión, los jóvenes marginales, las personas privadas de su libertad, los que no participan o no se muestran interesados, las personas de la tercera edad, las personas que están a favor del aborto, los adictos y sus familias y en general los que viven y/o piensan distinto”.
  • Las comunidades nos enriquecemos cuando reconocemos a los más pobres entre nosotros como sujetos activos en el proceso evangelizador y no sólo como destinatarios pasivos de la caridad: cada comunidad está llamada a abrirles la participación en su vida comunitaria. Entre “los más pobres” ponemos énfasis en los niños, niñas y jóvenes que están en situaciones vulnerables. El Señor Jesús se manifiesta especialmente en aquellos Cristos rotos en la familia y en la comunidad.
  • En la mayoría de los informes de las diócesis de Argentina, se señala el hecho de que, si bien las mujeres son mayoría numérica en las comunidades y en la animación de las actividades pastorales tales como catequesis, Cáritas, pastoral de la salud, liturgia, etc., muy pocas entre ellas están en los lugares en los que se toman las decisiones. Al respecto hay un fuerte reclamo para que las mujeres laicas o con alguna forma de consagración, participen en la toma de decisiones en el ámbito de las comunidades parroquiales y diocesanas.

III… PARA LA MISIÓN Y EL DIÁLOGO CON EL MUNDO (5 y 6)

  • Ideas principales. La sinodalidad está al servicio de la misión de la Iglesia, a la cual todos los miembros están llamados a participar. El diálogo requiere perseverancia y paciencia, pero también permite la comprensión recíproca.
  • Dios ve la realidad y no se desentiende de ella. Para Él la historia, con su entramado de vidas con sus problemas y desafíos, con sus dolores y esperanzas, es “tierra sagrada” y nos invita a que nos hagamos cargo, saliendo al encuentro de los hermanos y hermanas de nuestras provincias y nuestros barrios.
  • El Espíritu nos impulsa a ser Iglesia en salida para anunciar la Buena Noticia de Jesús a todos aquellos que la buscan con un corazón sincero. Él nos pide que estemos abiertos a la sorpresa y a la creatividad, para apreciar las semillas del Verbo esparcidas en todos los ámbitos de la sociedad. Queremos expresar cercanía, alegría y acompañamiento, para comunicar lo esencial del anuncio evangélico.
  • Comprobamos que la capacidad de dialogar dentro de la Iglesia está estrechamente unida a la capacidad que tiene la Iglesia de dialogar con la sociedad. El debilitamiento de esta capacidad en nuestra práctica pastoral tiene como consecuencia que muchas personas no encuentran en la Iglesia la respuesta que esperan. Dialogar significa buscar caminos de inclusión.
  • Queremos crecer dentro de nuestras comunidades en el deseo de salir, abrirnos e ir al encuentro de los dolores y heridas que observamos. Durante la escucha sinodal, una persona privada de su libertad nos dijo que quería que lo recibieran “como me recibió Jesús aquí en la cárcel. Me abrazó, me consoló, me mostró su amor. Deseamos escuchar más a los jóvenes, a las minorías y a los excluidos, dando la posibilidad de participación, creando ambientes para que esto sea posible. Es importante que los laicos tomemos la iniciativa, de manera coordinada con las autoridades eclesiásticas, pero sin esperar que éstas decidan todo.
  • Un signo de sinodalidad es la apertura ante los cambios sociales y el deseo de construir puentes y descubrir redes que nos unan a las periferias humanas y existenciales. Vemos como una dificultad la burocratización eclesial para resolver situaciones particulares y, en ocasiones, el aumento de requisitos para la recepción de los sacramentos de iniciación.
  • Nos duele la creciente hostilidad hacia la Iglesia, a veces es infundada y otras veces basada en escándalos sexuales o económicos o en las interpretaciones parciales de declaraciones o actitudes del Papa. Esto contribuye a que nos cueste dialogar con otros sectores de la sociedad.
  • Comprendemos que la sinodalidad está al servicio de la misión, que es responsabilidad común de todos los bautizados, con la intención de amar y servir. Es caminar unidos, en la pluralidad, escuchando en primer lugar al Espíritu, quien nos permite escucharnos entre nosotros los creyentes y escuchar al mundo. Debemos salir en busca de todos los hermanos y hermanas y no sólo esperar que se acerquen. No olvidamos la íntima conexión entre la parroquia y la vecindad. Creemos que los ámbitos de la política, la economía y la sociedad también son propicios para que la Iglesia llegue con su acompañamiento misionero.
  • Nos sentimos llamados a prepararnos y entregarnos a una acción efectiva y afectiva al servicio del desarrollo del ser humano. La sinodalidad nos invita a ser más eclesiales y no encerrarnos en discusiones internas, a no separarnos de la vida cotidiana y hacernos cargo de la fragilidad de la Iglesia y el mundo. Es un fuerte llamado a la renovación y conversión de actitudes y estructuras comunitarias y personales, urgiéndonos a un encuentro personal con Jesucristo y a una necesaria coherencia entre fe y vida. Vivir la cercanía con toda realidad de vulnerabilidad, escuchando, acompañando y generando el encuentro.
  • Proponemos generar más espacios para la oración, la profundización y la formación espiritual, tomar mayor conciencia del cambio histórico y cultural en el que se está inserto, y salir con más humildad y decisión sinodal, abandonando estructuras caducas.
  • La comunicación auténtica facilita la comunión tanto dentro como fuera de la Iglesia. Constatamos que muchas veces no estamos conectados ni trabajamos en red. Mejorar en este aspecto supone tener mayor fraternidad entre los grupos pastorales, mayor presencia de los pastores entre los laicos; acercarse a los enfermos, personas solas, familias, abuelos, etc., en definitiva, un diálogo con los que parecen más alejados de la Iglesia. En la búsqueda de un anuncio cada vez más eficaz urge capacitarnos en la comprensión y manejo de los medios de comunicación tradicionales y las nuevas tecnologías de redes.
  • Nos proponemos tener presencia eclesial en las periferias y rediseñar para eso las estructuras diocesanas, promover y fortalecer la escucha mutua con referentes sociales. Esto implica vivir la libertad evangélica y sentir que Jesús es el dueño de nuestro corazón. Necesitamos un cambio en el lenguaje, acciones creativas y atrayentes, espacios físicos y actividades de inclusión para impulsar una integración en la diversidad.
  • Las diversas acciones caritativas que se realicen con el fin de ayudar a nuestros hermanos y hermanas más pobres deben procurar fomentar la promoción humana. Esta cercanía se tiene que expresar abriendo los espacios físicos eclesiales. Tenemos experiencia de que cuando hay apertura a las necesidades de los más frágiles, la comunidad crece, se fortalecen los lazos hacia adentro de la comunidad y con el barrio. Se valora todo lo que la Iglesia hace por los más pobres.

IV   DESDE LA CELEBRACIÓN COMPARTIDA, COMO EXPRESIÓN SINODAL DE LA FE (4)

  • Idea principal. “Caminar juntos” es posible si se basa en la escucha comunitaria de la Palabra y la celebración de la Eucaristía, siempre enriquecidas con una adecuada renovación litúrgica inculturada.
  • Como Pueblo de Dios caminamos con alegría junto a todos los pueblos y queremos ser testigos del amor de Dios para todos sin distinción. “Llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2Cor 4,7), conscientes de nuestra debilidad, por ello nuestro espíritu misionero se sostiene del encuentro con Dios en la oración, la meditación de la Palabra y fundamentalmente de la participación en la Eucaristía. Nuestro testimonio de caridad, imperfecto por cierto, se nutre del altar y vuelve a él. Valoramos especialmente el rezo del Santo Rosario y la Adoración Eucarística. Por lo tanto nos parece importante generar espacios de encuentro con la Palabra y adoración Eucarística, promover el ministerio de la música, la preparación de laicos para la celebración de la Palabra, y Ministros Extraordinarios de la Comunión, especialmente en las zonas rurales.
  • Nos sentimos llamados a ser creativos y fraternos en nuestras celebraciones de fe, incorporando matices propios de nuestra cultura regional, para impregnar “nuestra ciudad de la vida nueva de Jesús y la alegría del Espíritu Santo.” La oración nos adentra en la comunión con el Padre, aquél que está siempre dispuesto a escucharnos y entrar en diálogo con nosotros sin ninguna condición.
  • El mismo caminar juntos nos invita a asumir los valores evangélicos que se manifiestan en la piedad popular. En algunas de nuestras provincias esta piedad genera espacios de encuentro que convocan multitud de peregrinos y celebraciones de sacramentos. Tenemos los ejemplos del Tinkunaco, las peregrinaciones a los santuarios marianos esparcidos por todo el país, los santos considerados mediadores y en los que el pueblo sencillo deposita su confianza como, por ejemplo, San Cayetano a quien le pedimos paz, pan y trabajo. No debemos considerarlos sólo “como eventos sociales”, ni mucho menos como una religiosidad “de segunda”, porque –como enseña el papa Francisco– “Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización”. (EG 126)

CONCLUSIONES

Próximos pasos

  • El proceso sinodal nos ayudó a despertarnos. La instancia de preparación de los aportes al Sínodo 2021-2023 ha generado en sí misma un dinamismo de participación a través de equipos convocados ad hoc y contó también, en muchos casos, con el servicio de los Consejos Pastorales y Presbiterales de cada diócesis. Estas páginas apenas pueden expresar la riqueza de la vida comprometida y la tarea emprendida: consultas a presbíteros, a la vida consagrada, a los fieles que participan en las parroquias, escuelas católicas, movimientos y asociaciones; pero también la búsqueda (muchas veces a tientas) de lograr escuchar a los que transitan nuestras calles, los que viven en zonas rurales o barrios populares, las personas que están enfermas o privadas de su libertad, los jóvenes, entre otros. Lo que no alcanza a ser reflejado en estas líneas ilumina igualmente el camino propio de cada diócesis.
  • Los informes diocesanos han expresado que los modos de eclesialidad previos al sínodo enriquecen u obstaculizan el camino sinodal actual. Algunos pocos expresan cierta desconfianza o resistencia. Pero para la gran mayoría, la experiencia de la escucha, del caminar juntos y de la celebración compartida en este proceso ha sido motivo de alegría, de encuentro y renovación, dando origen a nuevos espacios de la experiencia eclesial y misionera.
  • En ocasiones queda un sabor amargo de no haber llegado a todos o de no haber podido sostener el proceso como hubieran deseado: la pandemia con sus consecuencias de aislamiento, enfermedad y el dolor por la pérdida de familiares y amigos, dificultó algunas experiencias sinodales.
  • Si tuviéramos que señalar los temas más importantes de la síntesis, señalaríamos los siguientes (el orden podría cambiar): la escucha, el diálogo y la inclusión son reclamos para vivir dentro y fuera de la Iglesia, como necesidades cruciales de este tiempo. Otro tema fundamental es el clericalismo, que nos hace pensar en el manejo del poder en la Iglesia como una cuestión que amerita estudio, conversión y cambio en la cultura eclesial. Un tercer asunto fuerte, que está relacionado con el poder y la corresponsabilidad, es el protagonismo de las mujeres en la Iglesia: se trata de una cuestión de justicia y es también un reclamo fuerte en las comunidades. Un cuarto tema es el de las celebraciones, se ansía que sean más festivas, significativas e inculturadas, retomando santos, devociones, símbolos y expresiones de las distintas regiones de nuestro país. Un quinto tópico es el de la formación: está emergiendo un nuevo paradigma eclesial para el cual ni los laicos ni los ministros ordenados estamos formados para llevar adelante. En sexto lugar, está la cuestión de los jóvenes; las comunidades experimentan que no sabemos recibirlos o bien que los jóvenes no se acercan porque no perciben la acogida que esperan. Finalmente tenemos que consignar el tema de la espiritualidad sinodal, transversal a todos los anteriores, entendida como el espíritu que nos anima a renovarnos y hacer los cambios necesarios para vivir una Iglesia más parecida a la propuesta de Jesús.
  • Sin embargo pese a las dificultades, los espacios de encuentro, asambleas, sínodos diocesanos dan cuenta de una Iglesia que sueña ser más evangélica y quiere reconocer a Dios que se hace presente en lo cotidiano de nuestra historia, que abraza cada realidad y nos regala los dones necesarios para ponerlos al servicio de la Iglesia y de la sociedad. Por eso podemos decir que tanto cuando el Sínodo nos ayudó a descubrir nuestras fortalezas como cuando iluminó nuestras debilidades en torno a la vivencia, transmisión y compromiso de la fe, ha sido un motivo de acción de gracias.
  • Soñamos con una Iglesia más sinodal, más misionera, que pueda solucionar la falta de escucha y de participación, caminando juntos. Al hacer partícipe al pueblo, la experiencia sinodal es una alegría en sí misma. Requiere una conversión espiritual, intelectual y pastoral, porque la santidad es el horizonte de la sinodalidad
  • El camino sinodal es un camino lento y muchas veces nos es difícil aceptar los cambios necesarios que descubrimos o entrevemos en la escucha al Santo Pueblo fiel de Dios. Por eso queremos renovar nuestra confianza en el Señor que se acerca y, mirándonos en María, renovar la esperanza. Como ella, también nosotros buscamos guardar y meditar este camino sinodal en nuestras comunidades, salir al encuentro de los demás y proclamar que sólo abriéndonos a Su presencia amorosa podremos renacer una vez más y proclamarlo con alegría.

[1] Los números entre paréntesis hacen referencia a los diez núcleos temáticos señalados en el número 30 del Documento Preparatorio y retomados en el punto 5.3 del Vademécum.

[2] Lo que se coloca entre comillas y en cursiva, son expresiones literales, tomadas de los informes de las diversas diócesis. Las expresiones seleccionadas son representativas de opiniones generalizadas.

Fuente: Conferencia Episcopal Argentina