Quinto domingo de cuaresma (31 de Marzo)

0
28

Amigos y hermanos radio oyentes de L.V.14.

Entramos en la última semana de Cuaresma. Con el próximo domingo, que es domingo de Ramos, iniciamos la Semana Santa. Durante toda esta Cuaresma hemos ido reflexionando profundamente todo lo que nos exige nuestra fe cris- tiana. Hemos ido tratando de que este Año Santo Diocesano sea un año que marque en nuestra vida y en la de toda la comunidad diocesana el paso de Dios en una verdadera reconciliación o encuentro de cada uno de nosotros con Dios y con nuestros hermanos. En la Biblia, es decir, en la Palabra de Dios, el Antiguo y Nuevo Testamento, especialmente en los Santos Evangelios, hemos tratado de buscar la luz y la fuerza para iluminar la vida. Hemos tratado de hacer un análisis de todo lo que pasa en nosotros, hechos grandes o pequeños, tratándolos de ver con los ojos de Cristo. Todo esto supone ir viviendo un proceso de cambio interior y exterior, exigido por Dios mismo. El Año Santo nos llama a un profundo cambio en todos los aspectos; sólo así se logra la repetida muchas veces “reconciliación”. El gran enemigo que tiene todo verdadero cambio personal es el “orgullo” o “soberbia”. Cerrarnos al cambio que nos viene reclamando Dios en este Año Santo es cerrarnos a la vida. Es ir empobreciéndonos espiritualmente cada vez más. Es llegar a perder la paz interior y estar viviendo en una angustia tal que nos hace tener, hasta hastío de la misma vida.

Hace unos días me contaban que una mujer de un pueblo del interior de La Rioja, le agradecía a nuestra Radio lo siguiente: “gracias por el bien que me hacen, porque cada mañana, con la oración con que se inicia la transmisión diaria, me ayudan a rezar y me hace mucho bien…”. A lo mejor pueda aparecer, inadvertidamente, en algunos, como cosa sin importancia lo que agradecía esta mujer del campo. Sin embargo, creo que el agradecimiento de esta mujer es decirnos con sencillez, todo el sentido que ella tiene de la vida; cómo quiere ella que la vida no se le empobrezca, cuál es la escala de valores que tiene. Agradecía todo aquello que la hace crecer por dentro, y no le hace perder el rumbo de la vida ante las encrucijadas que a diario tenemos. Nosotros queremos agradecerle su “agradecimiento” a esta hermana nuestra y la lección que nos da.

Porque cuando la Iglesia llama en este Año Santo a vivir todas sus exigencias, como lo venimos haciendo en la diócesis, no hemos claudicado a las exigencias de la “opción pastoral” que un día hicimos con la gracia de Dios. Porque optar por ser fiel y servidor de nuestro pueblo, entregándole la Vida de Dios, por la Palabra Evangélica y por los Sacramentos, y compartir con él sus esperanzas y sus dolores, no es otra cosa que ser fieles a la misión dada por Cristo. En su nombre evangelizamos, santificamos y compartimos la vida de nuestro pueblo. Cuando entregamos los “misterios divinos” en nuestro ministerio sacerdotal y pastoral, no hacemos otra cosa que ayudar a que nuestro pueblo crezca interiormente, logre, cada vez más, plena libertad interior para discernir los acontecimientos que vive, y, desde la Fe, posea un verdadero sentido crítico para que nunca renuncie a ser protagonista de su propio destino y así labre su propia felicidad.

San Pablo, hoy, en su carta a los filipenses, nos llama a que miremos el futuro y no nos quedemos en “cosas pequeñas y mezquinas”. Hay que mirar el futuro con serenidad, con coraje, con firmeza, con esperanza y con los mejores sentimientos para seguir construyendo juntos. El mismo Pablo nos habla de que la vida es una “carrera”. La campara con una competencia deportiva. Para esto se necesita esfuerzo, dedicación plena y una escala de valores fundamentales en la vida, conforme a lo que Dios quiere de nosotros. Al “trofeo” de un triunfo no lo consiguen los cómodos, los “establecidos” en la vida, y los egoístas y descomprometidos.

“No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino todo aquél que cumple la Voluntad de mi Padre.” dice Jesús en su Evangelio.

Trae, también, hoy, el Evangelio de San Juan, el pasaje de la “Mujer Pecadora”. Una mujer sorprendida en adulterio; la ley, de entonces, mandaba que se la apedreara públicamente; promueven una acción contra ella los llamados ‘letrados’ y ‘fariseos’; con esta acción buscan comprometerlo a Jesús para poder acusarlo de estar contra la ley; Jesús escucha en silencio, y luego escribe con el dedo en el suelo. Al rato responde: “el que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Mientras tanto sigue escribiendo. Al rato no quedaba ningún acusador, dice el Evangelio “empezando por los más viejos se escabulleron todos”. Jesús pregunta a la mujer: “donde están tus acusadores, ¿ninguno te condenó…?”. “Ninguno, Señor”, respondió la mujer. Jesús le dijo: “Tampoco Yo te condeno. Vete en paz y en adelante no peques más.”

Muchas reflexiones nos enseña este pasaje. Haré esta reflexión. Todo este Año Santo y la Pascua, ya próxima, la debemos ver desde este cuadro de la “mujer pecadora”. Desde aquí saquemos las exigencias que supone toda reconciliación con Dios y entre nosotros. La “mujer pecadora” nos entrega la gran lección de la “debilidad humana” y del “pecado” en el hombre con su proyección social; nos enseña la actitud humilde de encontrar en el hermano comprensión y una mano amiga que le ayude a reencausar la vida; nos enseña la necesidad de perdón y de paz; nos enseña la alegría de un encuentro con quien le devuelve la paz y el verdadero sentido de la vida: Cristo los simboliza, también, esta mujer, a nosotros, como pueblo, pero especialmente al que más sufre y es más débil. En la mujer está simbolizado el que no tiene “voz”; el que no puede decir toda la historia de ese pecado y de esa situación; nos enseña cómo Dios mira al hombre en su grandeza y en su debilidad; cómo Dios es Padre y es amigo; cómo le indica cuál es el camino para ser feliz: “si nadie te condena, tampoco yo te condeno… vete y no peques más.”.

Nos enseña otra lección: la de los “acusadores”; tan preocupados por hacer cumplir lo externo de la “ley” y sus apariencias, sin importarles que el hombre se renueva por dentro; que un “orden puramente externo” es engañoso; es injusto; debe ser fruto de una conversión interior para lograr el “hombre nuevo” y una comunidad nueva en justicia y santidad de vida. “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”, dice Jesús y “comenzando por los más viejos se escabulleron todos.”. Hoy, hermanos, como en tiempos de Cristo, este pasaje del Evangelio sigue teniendo vigencia en toda su crudeza. Cuantos “acusadores” se levantan hoy para condenar a sus hermanos, cuando en realidad son los más necesitados de la compasión de sus hermanos y de la Misericordia de Dios, porque por dentro son, como dice Cristo, sepulcros de muerte. Si son cristianos están más obligados de cambiar de vida; y por ser hombres, deben ser de corazón rectos y honestos, no pervertidos en el corazón y deshonestos en todos los procederes de la vida. La felicidad de un pueblo, como en el caso del Evangelio, no se los construye con “acusadores” sino con hermanos que suman sus propias debilidades a la de los otros, y hermanados construyen juntos la felicidad de todos. Esto es ser pueblo que camina superando sus propios problemas. Lo debemos decir, una vez más; pareciera que existiesen hermanos nuestros que encuentran la felicidad de sus vidas ejerciendo el triste papel de los “letrados” y “fariseos” del Evangelio.

Amigos: ¿no nos dice nada?“ El que se encuentre sin pecado que le tire la primera piedra.”. Hermanos y Amigos, este Año Santo nos llama a que recapacitemos y no hagamos “uso indebido” de la “fe cristiana” para cercenar derechos fundamentales dados por Dios al hombre; ni fomentar la desconfianza y alimentar traiciones entre hermanos; ni cercenar todo legítimo derecho de expresión oral y escrita; ni engañar y debilitar moralmente a nuestra juventud con todo aquello que no es ilícito a todo hombre de corazón recto y honrado; mucho más si el que obrase así es cristiano. Porque, lo repetimos, ser cristiano no es un privilegio en desmedro de los demás; es una responsabilidad grave y una tarea irrenunciable y comprometida de servir fraternalmente a todos los hombres sin distinción alguna.

Hoy, hermanos, esforcemos para que en nuestra comunidad riojana no tengamos nunca los “letrados” y los “fariseos” del pasaje evangélico de la “mujer pecadora”. En cambio trabajemos sin claudicar nunca para que en nuestra comunidad multipliquen cada vez más los verdaderos constructores de fraternidad, de amistad entre hermanos, de felicidad. Multipliquemos los hogares, los barrios, los pueblos de nuestra Rioja en donde se nutran siempre con el Evangelio de Cristo; con la amistad verdadera; con el esfuerzo común; con la verdad; con la esperanza. Apliquemos urgente remedio para que nuestros hogares; en nuestros lugares de trabajo, en nuestros barrios, en nuestra ciudad capital, en las ciudades y pueblos de interior, no se envenenen con la “enfermedad moral” de lo que llamamos: “chismes”, “calumnias”, “resentimientos”, “desconfianza”, “traiciones”, “mentira”. El alma de nuestro pueblo es, gracias a Dios, noble, hospitalaria, amiga, acogedora, con sentido de Dios en la vida; no permitamos nunca que se meta en esta alma de pueblo, enriquecida con tan- tos dones, la “mentira” revestida de “verdad”; el desorden moral revestido de “orden legal puramente”; la “confusión intencionadamente manejada” revestida de fidelidad a “nuestras tradiciones”.

Amigos: ¿No les parece que durante esta semana podría ser una tarea de reflexión personal o en grupos, lo siguiente?: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra.”… “Si nadie te condenó… Yo tampoco te condeno… Vete en paz y no peques más”.