Homilía Cardenal Mario Poli
Santuario de San Cayetano – 7 de agosto de 2022
Queridos Peregrinos al Santuario de San Cayetano:

En esta fiesta de la fe, les damos la bienvenida a la Casa del Santo del Pan y del
Trabajo, quien, como Jesús, no hace discriminación de personas y escucha las
necesidades de todos sus hermanos. Si han llegado hasta aquí, es porque saben
bien que, cuando se cierran las puertas que han golpeado muchas veces, se abren
las puertas del santuario y se encuentran con San Cayetano, quien intercede ante
el Jesús que tiene en sus brazos, para que todos reciban las gracias materiales y
espirituales que necesitan para seguir caminando. El que viene a pedir con fe,
no quedará defraudado; el que viene a agradecer lo recibido, le dará gloria al
Dios amante de la vida, y todos saldremos más hermanos, hijos de un mismo
Padre, «que alcanza su misericordia a todos los vivientes» (cfr. Si 18,13).
Aquí, en este Santuario, Jesús nos habla a través de su Evangelio, que siempre
es una Buena Noticia. Para responder a la pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?»,
Él narra la parábola del Buen Samaritano. Cuenta un hecho de violencia, y no
deja de sorprendernos, por parecerse a los que suceden a diario en nuestros
barrios, y son tantos que ya nos hemos habituado.
El personaje es un hombre corriente que lleva lo necesario para el viaje: agua,
vino, aceite, vendas y algo para comer. Un samaritano, que pertenecía a un
pueblo que los judíos consideraban pagano, pero en verdad no lo era: creía en
el único Dios de todos y practicaba su fe. El viaje se hace monótono, hasta que
en un recodo del camino alcanza a ver el cuerpo tendido de un semejante, y
solo por eso se conmovió, se apeó y al acercarse constató que estaba con vida.
El relato contrasta su actitud con la de las dos personas religiosas que lo
precedieron. Ellos también lo vieron, pero lejos de acercarse dieron un rodeo y
no se comprometieron.
Nada nos dice el texto sobre el origen étnico del hombre asaltado, ni parece
importarle al viajero, que sin perder tiempo limpió y vendó sus heridas, sobre
las cuales derramó óleo y vino, receta del sabio Hipócrates. Luego le siguen
gestos delicados para el desconocido en desgracia: lo ayuda a subir a su montura
y ahora, de a pie, lo lleva a una posada y cuida de él durante la noche.
Nos impacta saber que asumió los gastos de la estadía y lo recomendó al dueño
del albergue: «Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver» (10, 35) 1.
Seguramente aquel viajante tenía destino y obligaciones, pero priorizó lo que
consideraba impostergable y le dedicó lo más preciado -lo que muchos lo
comparan al oro-: él dispuso su tiempo y lo tasó muy alto al ponerlo al servicio
de su prójimo. Entendió que el tiempo es la paciencia de Dios y por eso lo
compartió gratuitamente con el que lo necesitaba.
El samaritano se dejó llevar por el primer sentimiento del corazón, que es el
bueno, el gratuito y solidario, sin cálculos ni vueltas. Había que hacerlo y lo bajó
a las manos, con pocas y razonables palabras. Él trató al desconocido como
hubiese querido ser tratado en similares circunstancias: una regla de oro en las
relaciones humanas que nos dejó Jesús en el Evangelio (Mt 7,12). Encontró a
aquella persona con algunos signos vitales y él se puso al servicio del más
importante de los derechos humanos: el derecho a la vida.
Dejémonos interpelar por la parábola, capaz de poner de manifiesto las
actitudes solidarias y fraternas que nos permitan reconstruir esta Argentina que
nos duele a todos.
El ejemplo del Buen Samaritano nos devuelve una mirada solidaria de la
realidad, no para escandalizarnos, sino para conmovernos y comprometernos.
Mientras tanto, «suplicamos el pan de cada día, como nos enseñó Jesús. El pan
que alimenta nuestra vida y que diariamente se hace más inalcanzable a causa
de la inflación asfixiante que padecemos y que genera miseria. ¿Cómo no pensar
en la cantidad creciente de hermanos y hermanas que se acercan cotidianamente
a los comedores, en los adultos mayores que no pueden comprar sus
medicamentos, en las familias cuyos ingresos son cada vez más insignificantes?
Como reza una canción: «No es posible morirse de hambre en la tierra bendita
del pan» 2.
«El pan que se pide para todos, el que se logra con el propio trabajo, es un
clamor de justicia» 3.
«Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen
samaritano –enseña el papa Francisco–. Toda otra opción termina o bien al lado
de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse
del dolor del hombre herido en el camino» 4.
Tenemos que dar gracias al cielo porque hay muchos ‘Cayetanos’ anónimos,
hombres y mujeres que no pasan de largo ante el dolor de los que están en la
banquina del camino de la vida; son los samaritanos de nuestros días que
comparten su tiempo y sus bienes, y sin medir sacrificios renuevan en el cuerpo
social el anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada ser
humano: la esperanza, la virtud que sostiene en las pruebas y nos hace esperar
tiempos de encuentro y paz entre los argentinos.
Cuando pasemos frente a la imagen de San Cayetano, confiemos nuestras
necesidades y no olvidemos pedir por la patria de todos. Él, desde la comunión
de los santos, siempre estuvo presente en los momentos difíciles de nuestra
historia nacional y permanece fiel y solícito como buen samaritano atento por
la felicidad de sus amigos. Hoy también nuestros ojos buscan a los de la Virgen
de Luján y piden su maternal bendición. Es desde este lugar que todos los años
una
multitud inicia la marcha a su Santuario. Ella sabe de dolores y es Madre
solidaria y cercana al sufrimiento de sus hijos. ¡Virgen de Luján, ruega por
nosotros! ¡San Cayetano, ruega por nosotros!
+ Mario Aurelio Cardenal Poli
.1 Cfr. Lucien Cerfaux, Mensaje de las Parábolas, 2° edición, Ed. Fax, Madrid, 1972, 133 ss; Luis H. Rivas, La obra de Lucas, I. El
Evangelio, Ed. Agape, Buenos Aires 2012, 117-118.
2 Himno del X Congreso Eucarístico: «No es posible morirse de hambre en la tierra bendita del pan».
3 Declaración de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos 3 Aires, 30 de julio de 2022