Homilía (28 de octubre)

0
52

“Cristo, Palabra y Sabiduría, nos propone un lúcido imperativo: vivir el espíritu de pobreza evangélicas, y mostrar a la juventud el camino de la verdadera felicidad.”

  1. La enseñanza bíblica es clara y terminante: el trozo de la carta a  los cristianos de origen hebreo (2a. lectura) nos da la razón por la cual el Concilio ha revalorizado para todos los cristianos la palabra del Señor. Esta Palabra no es una droga angelical, que adormece suavemente las conciencias. Es una “espada” tajante de dos filos que inquieta la cómoda seguridad de nuestras conciencias burguesas, de nuestras vidas que tienden más a la comodidad y al egoísmo. Esa Palabra es el origen de la Fe, valor vital, que en la primera lectura es llamada “Sabiduría”, y que tiene un nombre concreto: Jesucristo. La Palabra lleva al descubrimiento, al deseo y a la aceptación de la genuina Sabiduría que se ha personificado en Jesús, Verbo y Revelación de Dios.

         Por ello creer es “comprometerse” con la persona de Jesucristo. Es descubrir su Persona, su Mensaje, seguirlo, asumiendo sus criterios, sus valores, su modo de ver las personas y las cosas, su modo de actuar, en relación con Dios y con el prójimo, en relación con las cosas (Evangelio).

            El nos invita a seguirlo, como invita al joven rico, en el pasaje de este domingo, Palabra y Sabiduría, que se concretan en El, y que tienen gran vigencia en estos tiempos que vivimos. Descubrir o redescubrir a Cristo, tanto en la celebración eucarística, como en la vida de cada día. Es una tarea de fe y de amor. Es el programa que todos, en la Iglesia de hoy, tenemos  como invitación y mensaje, en la tan necesaria evangelización de los tiempos presentes: el verdadero “seguimiento” de Cristo, con todas sus exigencias. Tarea y programa que a veces se torna difícil, y muchas parece “imposible” como le pareció imposible al joven rico, frente a tantas fuerzas adversas, que se levantan dentro de nosotros mismos, y en el entorno social y político.

         Pero… “Dios, todo lo puede”: Es en la Palabra y en la Eucaristía donde el creyente logra encontrar la renovación que el Año Santo proclama y espera, y la afirmación de la fe en el “poder” de Jesús. Son las armas del creyente, para seguir a Cristo y comprometerse con Cristo, con la propia conciencia y con la Historia.

  1. Es este Cristo quien llama al compromiso actual, en el marco de la pobreza evangélica. En un mundo como el actual, dominado por el ansia de dominio y el afán de lucro, manejado por el espíritu de cálculo y acomodo, engolosinado por el “dios” confort y la figuración social, este llamado a muchos les parece anacrónica y fuera de tiempo. Sin embargo Medellín es demasiado claro en esto: Porque si bien es cierto que debemos evitar una especie de “rigorismo ético” tomando todos los dichos de Jesús como ley en sentido estricto, también es cierto debemos evitar la tentación fácil de desvirtuar la palabra tajante de Jesús, pretendiendo ver en ella solamente una hiérbola y una santa exageración. Son palabras que hay que hacer resonar en toda su fuerza para que nos conmuevan, nos sacudan y nos hagan recordar que el seguimiento de Cristo comporta exigencias y renuncias muy serias.

            Por eso la Iglesia busca hoy hablar a los ricos, desde la óptica de los pobres. No para buscar estériles enfrentamientos, como algunos con hipocresía barata afirman, sino porque así habló siempre Jesús.

            La pobreza en cuanto entraña carencia y miseria, es una desgracia. Los hombres, ricos, poderosos, los que tienen cultura y voz para hacerse oír, tienen la obligación moral de suprimir la pobreza en todas sus dimensiones. La exigencia de los pobres, según el libro del Deuteronomio, es un hecho escandaloso.

            Sin embargo, Jesús en diversas ocasiones nos pone en guardia contra la esclavitud de la riqueza (Lc. 16, 13), ya que tiene poca consistencia (Lc. 12, 15) y muchos peligros ante la salvación (Mt. 19, 24.)

            Es por ello que Cristo se identifica con los pobres y proclama bienaventurada a la pobreza (Mt. 5, 3) no tanto la pobreza efectiva, que pude ser un medio de acercarse a Dios y es una exigencia del obrero apostólico, cuanto a la libertad total que viene de la pobreza, la disponibilidad total frente a Dios y a los hermanos, fundada en la conciencia de la propia miseria.