Homilía (22 de Junio)

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Hermanos y amigos de L.V.14.

El pasaje del santo evangelio de hoy está tomado del capítulo 10 de San Mateo. En él, Jesús elige a los doce apóstoles, los envía a anunciar el Reino de Dios, les dice que serán testigos y sufrirán persecuciones y que el que quiere ser su discípulo tome su cruz y le siga. Concluye el texto diciendo que no teman a los hombres que matan el cuerpo sino a quien puede echar el cuerpo y el alma al fuego. Que quienes lo reconozcan delante de los hombres, Él los reconocerá delante de Padre de los cielos.

Como ven, se nos habla de la elección que Cristo hace de sus discípulos. Es Él quien elige. La misión que recibimos de Cristo y cual es la exigencia para ser cristiano. Estas exigencias están relacionadas con las Bienaventuranzas y con las Obras de Misericordia. Seguir a Jesús es asumir la condición de AMAR hasta entregar la vida. Este pasaje evangélico, aparentemente duro, está fundamentado en la esperanza y es un llamado a la fidelidad que debe nacer de la limpieza y rectitud de corazón. Por los frutos se conoce el árbol; así también por las obras se conoce la fidelidad cristiana.

No habrá nada oculto en el corazón de los hombres que no sea revelado delante de Dios. Porque Dios conoce y penetra hasta lo más íntimo de nuestros pensamientos e intenciones.

Al decirnos esto, Jesús, nos enseña que el hombre debe amar solamente a Dios, Vivo y Verdadero. No debe adorar ídolos mudos y muertos. Estos ídolos son entre otros: el dinero, la técnica, el poder, el lujo, la sensualidad, etcétera. Es decir cuando ante estas cosas los hombres nos arrodillamos y los constituimos como si fueran la única finalidad de la vida.

Cuando leemos detenidamente el capítulo cinco de Mateo, en donde se nos habla de las bienaventuranzas, comprendemos mejor a Jesús cuando nos acaba de decir: “no tengan miedo a quienes matan el cuerpo…”. Cambiar el corazón del hombre es la raíz profunda para llevar a cabo la fraternidad entre los hombres. Porque del corazón del hombre salen, también, las envidias, los adulterios, la soberbia, los malos deseos, etc.. Nos dice Jesús: No es lo que sale de la boca lo que mancha al hombre sino lo que sale del corazón. Podremos engañar a los hombres pero no engañamos a Dios. Ni nos podemos engañar a nos- otros mismos si escuchamos la voz de nuestra conciencia. Ya lo hemos repetido muchas veces. Pero es bueno que lo tengamos siempre presente. Los atenienses en tiempo de San Pablo habían levantado altares a falsos dioses, y un altar al Dios desconocido. Cuando San Pablo los habló a los intelectuales del Areópago les dijo: yo vengo a anunciarles quién es ese Dios desconocido; es JESUCRISTO. Quizás en la vida práctica nos puede estar pasando algo parecido a nosotros. Nos es necesario que se nos reevangelice; que se nos haga conocer a Cristo para que ubiquemos muchas cosas que nos está pasando en la vida personal y pública. Nos hace mucho bien reflexionar con frecuencia sobre el primer gran mandamiento: “amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todas tus fuerzas”; y sobre el segundo mandamiento semejante al primero: “amarás a tu hermano como a ti mismo”. Vivir estos dos mandamientos es ser verdaderamente libres. La libertad es la gran conquista que nos trajo Cristo. La que nos habla San Pablo cuando escribe a los Gálatas: “habéis sido llamados a la libertad” (Gal.5). Una libertad que nos viene no de la carne sino del Espíritu Santo: “Donde está el Espíritu Santo allí está la libertad” (2 Cor. 3, 17). Una libertad que nace del corazón mismo de la verdad: “La Verdad os hará libres” ( Jn 8,32). El miedo no es fruto de la libertad interior. La libertad es el gran don que nos ha concedido Dios. Es la gran riqueza del hombre. En una de las bienaventuranzas se nos dice: “felices los pacíficos, es decir, los libres, porque poseerán la tierra”. Cuando nos sentimos interiormente libres nos sentimos persona; hijos de Dios; hermanos, solidarios con los demás. Nos sentimos creativos; hombres de esperanza; nos sentimos señor de las cosas y no esclavos de las mismas. Nos sentimos adoradores en espíritu y en verdad de nuestro Padre Dios.

Este pasaje evangélico, si creyéramos en verdad que CRISTO es el Camino, la Verdad y la Vida, nos debería hacer pensar muy seriamente a nosotros argentinos, en este momento en que vivimos. HOY, sin entrar a hacer un análisis de sus causas profundas, sentimos el peso de una situación que va más allá de lo económico.

Están en crisis los grandes valores morales. Mientras unos se enriquecen, muchísimos hermanos nuestros sufren las consecuencias de un desorden cuyas causas más hondas son morales. Esta escalada de precios en los artículos, aún los más elementales de la llamada canasta familiar, comienza a crear graves problemas en muchos hogares. Esto no se arregla sólo con hechos represivos; todos debemos asumir este estado de cosas, con honradez, con valentía, con espíritu solidario, con creatividad, con renuncias a nuestros egoísmos e intereses desordenados y no permitir que muchos hogares no tengan al pan para los hijos. Buscamos todos que no mueran nuestras fuentes de trabajo; que no estén vacíos nuestros comercios; que no se especule con la necesidad de nuestras familias. No es nuestra intención ahondar lo negativo; queremos afianzar nuestra esperanza ante esta dura realidad; no debemos autoengañarnos; busquemos ser solidarios en esta situación.

Si somos cristianos, no cuestionemos a Cristo y a su evangelio reduciéndolo a lo solo cultual, dejémonos cuestionar por el Evangelio para que Él penetre en la vida y nos ilumine las soluciones que en cristiano debemos afrontar, así sean duras.

Hermanos: más allá de las dificultades que encontremos en nuestra misión, debemos traducir en hechos concretos el amor cristiano. No es una palabra hermosa para ser pronunciada sino una exigencia, hasta dolorosa en esta hora. Las comunidades cristianas deberemos agudizar nuestra creatividad para multiplicar las formas de estar muy cerca de quienes sufren las consecuencias de esta situación económica. El amor no espera “recetas”; el amor nos exige entregar la vida de muchas maneras. Ninguno nos debemos sentir excluido de esta tarea; no esperemos que se nos diga qué debemos hacer para caminar jun- tos solidariamente. Desde el niño hasta el anciano debemos sumar nuestros esfuerzos para estar presentes ante el problema del hermano que sufre material o moralmente.

Hay mucho por realizar; que esto no nos descorazone; comencemos en cada hogar, en cada barrio, en cada pueblo y en cada ciudad de nuestra Rioja por ser solidarios; por hacer efectivo el amor cristiano; por no autoengañarnos con apariencias de orden.

Así como Dios no tolera los ídolos que fabricamos los hombres, así también Dios confía y cree en nosotros. El Canto de María (MAGNIFICAT, Luc.1) nos revela esta hermosa realidad cristiana: María siente estremecerse sus entrañas al descubrir que el Todopoderoso ha confiado en ella, ha creído en ella, y le ha hecho “maravillas”. Por eso lo canta, lo anuncia, lo goza. “Desde ahora me llamarán feliz todas las generaciones”. Feliz porque has creído, le contesta Isabel. Con San Pablo le decimos a Dios: sabemos en quién confiamos… y sabemos que Él confía en nosotros para realizar “maravillas” de amor fraterno entre nosotros. Necesitamos ser interiormente libres; sólo así amaremos.