Homilía (16 de septiembre)

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Hermanos y Amigos Radio Oyentes de L.V. 14.

            Desde hace algunos domingos venimos tratando de descubrir todo lo que exige el Ser Cristiano por la Gracia de Dios.

            Y ser cristianos hoy. Esto nos exige “reflexionar mucho y muy seriamente. Casi diría que el reflexionar es una característica de nuestra espiritualidad cristiana. Reflexionar la vida de cada día a la luz del Evangelio. Describir cada día lo que Dios va realizando en nosotros y con nosotros. Aún cuando no nos demos cuenta de que El camina con nosotros. Reflexionar es agilizar nuestra mente y juventud de corazón. A veces se hace duro, doloroso y nos fatiga. Pero debemos hacerlo porque apenas nos descuidamos, ya somos interiormente viejos y no entendemos más lo que sucede junto a nosotros y en el mundo en que estamos viviendo. Reflexionar para un cristiano, significa y exige, entre otras cosas, ser hombres de oración, evaluar permanentemente lo que hacemos a la luz del Evangelio, a la luz del Magisterio de la Iglesia, ser hombres de esperanza y no hijos del miedo, profundizar nuestra Fe, descubrir lo que trae cada acontecimiento que vivimos como individuos o como pueblo. No perder la capacidad para convertirnos y tratar de ser hombres nuevos, es autoliberarnos de todo lo que nos impide ser hombres interiormente libres, es no perder la capacidad para asumir decisiones, a veces, dolorosas, para seguir construyendo la vida.

         Y un día, un día que marcarán los siglos como histórico, vimos cómo nuestra Madre la Iglesia se atrevía a mirarse en el espejo de un Concilio. Ese espejo era la Fuente de su nacimiento, que es Cristo, y el mundo en que vivimos, que es el sujeto de su misión divina. Y no fue asunto fácil, fue doloroso, como es doloroso todo parto, cuando está por nacer un nuevo hijo. Pero esta Madre Iglesia se atrevió y nosotros temblamos de gozo al ver su coraje. Habló de rejuvenecimiento, de cambios. De quitarse todo aquello que empaña su rostro hermoso como salió de Cristo, quitarse lo feo y lo sucio que es lo nuestro, lo que nosotros somos cuando no somos verdaderos cristianos, cuando somos infieles a nuestro bautismo, y a la vida no la adecuamos al Evangelio.

            No tuvo miedo de descubrir sus propias arrugas, era todo lo que a lo largo de los siglos se había ido amontonando. Pero no la renegamos, la amamos más, la descubrimos divina y humana, eterna y a la vez peregrina en el mundo, santa y pecadora, la fiel como María y a la vez  infiel cuando no supimos los cristianos asumir nuestras responsabilidades de cristianos. Se descubrió servidora y a la vez comprometida, a veces, con los poderosos del mundo, se descubrió que su preferencia debían ser los pobres por ser “sacramento de Cristo” como nos dice el Santo Padre Pablo VI, y a la vez alejada, muchas veces, del pueblo. Se descubrió mejor, que es Jerárquica y a la vez pueblo de Dios, que todos estamos llamados a la santidad de vida y a la vez que en su propio seno, muchos de sus hijos no éramos santos.

         A esta Madre Iglesia, la descubrimos madre y a la vez un poco hija, porque Cristo nos la entregó acabada en sus elementos esenciales pero que la debíamos ir construyendo cada día en cada uno de nosotros, en cada comunidad de bautizados, en cada pueblo, en cada etapa de la historia. Que la debíamos ir haciendo cada vez más misionera, más metida en el pueblo, más servidora. La descubrimos descripta en el anuncio evangélico, con el título de Reino de Dios, Esposa de Cristo, Cuerpo Místico, el campo de Dios, el redial. Como “el Nuevo Pueblo de Dios llamado a realizar su Reino en la tierra”. Si anuncia el Reino de Dios, que es la Vida eterna, esa Vida y ese Reino, ya está entre nosotros, nos dice Cristo, desde que Cristo mismo se encarnó en María y tomó todo lo nuestro menos el pecado.

            Amigos radioyentes. Reflexionar acerca de la Iglesia es tarea de toda la vida. Es seguir ahondando el Misterio de Dios revelado a los hombres en y por Cristo. La Iglesia sigue siendo “siempre antigua y siempre nueva-joven. Sigue siendo signo de contradicción, convocando a todos los hombres para vivir la comunión entre nosotros y de nosotros con Dios.

            Comprenderán entonces la gran actualidad y necesidad de este Año Santo, que estamos tratando de vivirlo, y descubrirlo en todas sus exigencias. Es un llamado a una mayor profundización de nuestra fe cristiana, de concretar un mayor compromiso cristiano en la sociedad en que vivimos es construir un mundo nuevo y mejor. Es ser Pueblo que marcha, que espera, que construye la vida y la celebra. En cada Eucaristía y en cada Sacramento. Porque celebramos la vida en el Bautismo, en la Confirmación, en la Eucaristía, en la Penitencia, en el Orden Sagrado y en el Matrimonio.

            Por eso seguimos y seguiremos llamando a un verdadero reencuentro de nosotros con Dios y de nosotros con nuestros hermanos. No son frases sin sentido sino tarea para la vida. No es imposición, pero sí apremiante y esperanzada invitación para descubrir los verdaderos caminos que nos hace pueblo liberado, pueblo renovado, pueblo fraternal, pueblo feliz. Lo repetimos una vez más, las pruebas que estamos viviendo son gracias del Señor para que reflexionemos como cristianos y como hombres que formamos parte de un pueblo que marcha a un destino mejor, en la paz y en la verdadera justicia según Dios.

            Hace cinco años que ese Concilio Vaticano Segundo fue reflexionado a la luz de las realidades de latinoamérica, esa reflexión tuvo como fruto lo que comúnmente llamamos los Documentos de la Iglesia de Medellín. Desde ese acontecimiento, la Iglesia, quedaría marcada por el doble signo del compromiso y la esperanza. Era entonces “la hora de la acción”. Era también para la Iglesia “la hora del ánimo y la confianza en el Señor” (Lc 2,30). Por el interior de la Iglesia corrió la triple orientación señalada por el Papa: renovación espiritual, inundante caridad pastoral, concreta sensibilidad social. Esto quiere seguir siendo nuestra Iglesia Diocesana. Este Año Santo, nos exige a todos, sacerdotes, religiosas y laicos, realizar una profunda reflexión que lleve a una mayor conversión para que un proceso iniciado en el nombre del Señor con su gracia y su fortaleza, lejos de detenerlo, lo llevemos adelante con espíritu verdaderamente evangélico; con un profundo sentido de las exigencias de nuestro pueblo y con un compromiso tal que no nos haga desfallecer en el camino.

            El Santo Padre Pablo VI, acaba de hacernos llegar, además de un estímulo para seguir adelante con nuestra tarea pastoral, una especial bendición para todo el pueblo de La Rioja. Que ella nos aliente para reflexionar las exigencias de nuestra fe, en todos nosotros, sacerdotes, religiosas y laicos, en éste y desde este pueblo concreto de La Rioja. Nuestra Provincia lo necesita; nuestro servicio eclesial debe ser evangélico; nuestra esperanza debe ser firme; nuestros esfuerzos perseverantes; nuestra evaluación y reflexión muy sincera, nuestra búsqueda de objetivos siempre fieles a lograr la felicidad y el verdadero encuentro de todo nuestro pueblo. Pidámoslo con renovado espíritu de Fe en estos meses en que se celebrarán distintas fiestas patronales en nuestros pueblos, a la Santísima Virgen, bajo la advocación de la Merced y del Rosario.