Homilía (12 de Enero)

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Amigos y Hermanos Radioyentes de L.V. 14.

El domingo pasado reflexionábamos acerca de la Fiesta de los Reyes Magos, y centrábamos la reflexión en lo que significa EPIFANÍA o MANIFESTACIÓN de Dios a los hombres. Hoy la iglesia nos presenta a nuestra reflexión la escena del Jordán, donde Jesús es bautizado por Juan el Bautista y la “manifestación que hace el Padre de los cielos acerca de su Hijo Divino”: “ÉSTE ES MI HIJO – EL AMADO- MI PREDILECTO”. En la otra manifestación del Tabor dirá también: ESCÚCHENLO. Y dice el texto evangélico, que mientras se escuchaba la Voz del cielo, se rasgaban los cielos y descendía el Espíritu Santo sobre la cabeza de Jesús en forma de paloma.

Y Cristo, desde que tomó nuestra carne y se hizo hombre en el seno de María, sigue manifestándose a los hombres de todos los tiempos, revelándonos la Vida de Dios y convocando a los hombres a la comunión o fraternidad. La Iglesia, que es su Cuerpo, su Pueblo, la Vid con los sarmientos, sigue siendo, también, la manifestación de Cristo, salvador y Señor de la Historia.

Esta Epifanía o manifestación de Cristo en nosotros, la vivimos de una manera intensa y como pueblo congregado y convocado por su Palabra, en el Encuentro de cada año, el 31 de diciembre. Desde allí todo nuestro año nuevo está como jalonado por hechos especiales donde Cristo sigue manifestándose al pueblo de La Rioja.

ÉSTE ES MI HIJO AMADO… ESCÚCHENLO que se nos dice al principio del año, sigue resonando a lo largo de los doce meses; sigue resonando en la intimidad de cada conciencia; en cada hogar; en cada celebración eucarística o cuando recibimos los sacramentos; en cada barrio y pueblo; en cada alegría y en cada dolor; en la vida de cada día; en la intranquilidad de nuestra conciencia cuando sabemos que no hemos obrado bien. Se nos sigue repitiendo en cada predicación de la Palabra de Dios; en cada lectura que hacemos de la Biblia.

Esta es la misión de la Iglesia a la que nunca debe renunciar ni callar. Ella, por mandato del mismo Cristo debe ser fiel a su misión. Hoy, como siempre, se nos seguirá repitiendo que “la reconciliación es el camino de la paz”. Esta es la hora de Dios para nosotros; no seamos sordos a su llamado. Este es el paso de Dios por nuestras vidas, no lo dejemos pasar de largo. Para nosotros, riojanos, esta voz de Cristo a través de su Vicario en la Tierra, el Santo Padre, se ha manifestado clara y evangélicamente, en la Carta que como regalo de año nuevo hemos tenido del Papa. No la veamos con especulaciones políticas ni con sentimientos pocos nobles y cargados de resentimientos. Así no se llega a la reconciliación con Dios, con nosotros mismos ni con nuestros hermanos. Así no lograremos la auténtica y verdadera paz.

En esta segunda etapa que hemos iniciado el año nuevo en nuestra vida diocesana, como Iglesia Riojana, debemos saber escuchar la voz de Dios que nos convoca a ser protagonistas de esta “hora” de América Latina, y por tanto, de Argentina y de La Rioja. Así resumían los Documentos de Medellín, la misión de la Iglesia. Es preciso que comprendamos que esta “hora de la Iglesia” es para ser más servidora y comprometida con su pueblo. Es necesario que la comprendamos con gozo y con humildad. No es la hora de la superioridad ni del prestigio, es la hora de profundizar nuestra responsabilidad y nuestro compromiso. Es la hora de seguir reasumiendo, corresponsablemente, nuestra opción pastoral, con espíritu evangélico, con fidelidad y con perseverancia. Sin cansancios y con esperanza. Pero la esperanza será real cuando tomemos más conciencia de que el “misterio de iniquidad está actuando” (2 Tes. 2,7). En esta perspectiva de esperanza, hemos invitado a una cristiana evaluación, a la luz de la Carta del Santo Padre y de la “opción pastoral hecha”, si nuestras vidas son un verdadero testimonio evangélico y si nuestra acción es un verdadero servicio a nuestro pueblo. Porque, ciertamente que el Espíritu Santo está despertando simultáneamente: en todo hombre de corazón recto, la conciencia de sus limitaciones humanas y a la vez de su dignidad; en la Iglesia la profundización de su misión y compromiso; en todo el pueblo la seguridad de su salvación en y por Cristo y una mayor conciencia de ser actor de su destino. Esta “hora de Dios”, en este año santo universal, es también para nosotros, Iglesia Riojana, que la formamos todos, una fuerte invitación a seguir rejuveneciéndonos en nuestro interior; rejuvenecer nuestras maneras de pensar que no sean evangélicas y eclesiales y rejuvenecer nuestros corazones, eliminando todo aquello que no nos hace hombres dignos, honestos, respetuosos de la dignidad de los demás, generosos y abiertos a estrechar las manos de quien la tiende para caminar juntos, sin exigirle determinados rótulos y status social. La “reconciliación para la paz exige cambios profundos en nosotros y en nuestra convivencia social. Este llamado nos lo hace el mismo Cristo: EL HIJO AMADO; MI PREDILECTO… ESCÚCHENLO… nos dice nuestro Padre del cielo.

Este rejuvenecimiento de espíritu en cada uno de nosotros y en toda la diócesis, es condición para que nuestro compromiso y nuestro servicio a La Rioja, sea más hondo y perseverante. Por cierto que no ignoro la situación difícil en que estamos viviendo como argentinos. Pero también es verdad que no nos queremos colocar en el papel de vaticinadores de calamidades, sino en la tarea de engendradores de esperanzas. Queremos seguir evangelizando y caminando con nuestro pueblo para ayudar a quitar del camino todo lo que impide la “reconciliación cristiana como camino único para lograr la paz”. Por tanto, será, también tarea de fecundo servicio, ir señalando qué es verdadera reconciliación y qué es falsa reconciliación; qué es verdadera paz y qué es falsa paz. Cuando en el corazón de un pueblo que busca la felicidad verdadera, existen síntomas graves que destruyen la familia, que es prostituida la mujer; que se matan las esperanzas sanas y verdaderas de nuestra juventud, que las ambiciones personales acarrean sufrimientos a los más débiles y favorecidos, deberemos, todos, levantar la voz y aunar esfuerzos para que no muera aquello que nos lleva a la paz y a la fraternidad.

Hermanos, que María y San Nicolás nos ayude a realizar nuestra tarea con fidelidad y responsabilidad.