Homilía (09 de Noviembre)

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Amigos y Hermanos radioyentes de L.V. 14.

Por la voz profética del Santo Padre, Pablo VI, se sigue escuchando, en el mundo entero, el llamado a todos los hombres, razas y culturas a la reconciliación y a la renovación de mentes y corazones, conforme a lo querido por Dios como Padre y Señor de todo lo creado. Gestos significativos del Santo Padre, señalan nuevos caminos para que los hombres reencontremos las verdaderas fuentes que nos lleven a la paz. Uno de esos gestos ha sido la consagración sacerdotal de 345 jóvenes venidos de todos los continentes llevada a cabo el 29 de junio ppdo. Jóvenes europeos, africanos, asiáticos, latinoamericanos, orientales y de Oceanía. Signo de universalidad, de vida nueva, de presencia operante de Dios en el corazón de su pueblo.

La diócesis de La Rioja, también está marcada, en este año santo, por acontecimientos que perdurarán en el futuro. Estos signos, en nuestra diócesis, entre otros, son: la visita de San Nicolás por todo el territorio de la Provincia y la consagración sacerdotal de tres nuevos sacerdotes.

Estos dos acontecimientos tienen el contexto de un mundo y de una Argentina, doloridos, tensionados, ensangrentados y, a la vez, cargados de esperanzas e interrogantes ante el futuro.

La presencia de San Nicolás por los caminos de nuestra Rioja, es signo de reconciliación, de renovación, de paz y de encuentro, como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Es la presencia del testigo de la Fe Cristiana, del hombre de Dios que vivió y jugó su vida en una época sacudida por persecuciones y gravísimos problemas, es la presencia del hombre llamado por Dios para ser consagrado pastor de su pueblo y por él entregar la vida en el martirio. Dirá después de su consagración episcopal: “ya no te perteneces, Nicolás, a ti mismo, sino a tu pueblo”. Su fidelidad hasta el martirio, es el mejor testimonio y la mejor predicación que nos deja y que sigue teniendo permanente actualidad.

Al regresar de este largo peregrinar por La Rioja, con San Nicolás, Dios ha querido regalar a su pueblo riojano con el Don del sacerdocio a uno de sus hijos: Eduardo Fischer. También él, como Nicolás, deberá decir, ya no me pertenezco a mí mismo, sino a mi pueblo. Y en estos precisos momentos en que en Chilecito está celebrando su primera misa; su primera eucaristía. Con la Virgen María seguimos repitiendo: “el Señor sigue obrando maravillas en su pueblo..” (Lc 1,49).

En atención a todos ustedes, hermanos y amigos, que no pudieron participar de esta consagración sacerdotal y de esta primera eucaristía, deseo hacerles esta reflexión. Solamente desde la Fe comprenderemos la importancia y trascendencia del sacerdote para nuestro pueblo. Como para entender este misterio de Fe que es el sacerdocio, es preciso antes descubrir y acoger en nuestro corazón a Cristo y a su Iglesia, como Don entregado por nuestro Padre Dios a los hombres y a toda la creación.

Tres palabras nos ayudarán para esta reflexión

VOCACIÓN

El sacerdote es un llamado; llamado por Dios, por Cristo y por la Iglesia. Sea como fuere el modo concreto como este llamado resonó en la profundidad interior de nuestras conciencias sacerdotales y en las circunstancias particulares recordaremos siempre este hecho que marca nuestra existencia para siempre: hubo un llamado y una elección divina dirigida a nuestras personas; la Palabra de Jesús se dejó escuchar, y desde el Evangelio ha llegado hasta nuestras vidas humanas: “VEN Y SÍGUEME…”

El Papa les decía a los jóvenes que consagraba sacerdotes para siempre en San Pedro de Roma: dichosos ustedes que han tenido la gracia, la sabiduría y la valentía de escuchar y acoger esta invitación determinante en la vida: una opción en la vida para siempre, como María: Hágase en mí según tu palabra. Esta es la ley de la vocación y del llamado de Dios: un sí total y definitivo. “Nadie que después de haber puesto las manos en el arado mire atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Este llamado ha impuesto sus exigencias y sus renuncias, ha pedido la renuncia al amor conyugal para exaltar una plenitud de amor por el Reino de los cielos, por la Fe y en la Fe; y por el amor y servicio total a todos los hombres, nuestros hermanos.

CONSAGRACIÓN SACERDOTAL

Aquí debemos prestar atención. Por la imposición de las manos del Obispo sobre la cabeza del llamado por Dios, toda la persona ha quedado consagrada y ungida interiormente para ser sacerdote de Cristo. Este gesto sencillo y cargado de significado, se entronca en el mismo Cristo y en la misión confiada por Él a los apóstoles. Esa imposición de las manos, con la fuerza del Espíritu Santo ha trasmitido potestades espirituales al elegido constituyéndolo ministro de Dios; sacerdote para siempre; dispensador de los misterios de Dios; mediador entre Dios y los hombres; configurado a Cristo Sumo y eterno sacerdote; con potestad para consagrar, ofrecer y administrar el Cuerpo y la Sangre del Señor y de perdonar y retener los pecados. No es fácil comunicar con palabras lo que Dios realiza en la vida y en lo más profundo del alma del elegido al sacerdocio de Cristo.

MISIÓN

El sacerdote ha sido consagrado y ungido para ser enviado. Nunca seremos lo suficientemente conscientes de lo que Dios ha obrado en nosotros en la ordenación o consagración sacerdotal. El sacerdocio que recibimos no es para nosotros; no es una dignidad solamente personal; no es fin en sí mismo; está destinado al mundo; a la Iglesia, a la comunidad, a los hombres.

El sacerdocio es apostólico; es misionero; es ejercicio de mediación; es esencialmente social; el sacerdocio es caridad; es amor; pobres de nosotros si lo convertimos para nuestra propia utilidad y provecho; es donación total de la vida; es crucificante y a la vez signo de vida; de la pascua; de la esperanza; deberá estar inmerso en la agitada y multiforme experiencia y vida de los hombres: “ustedes son sal y luz del mundo…”; es constituido en ministro de la Palabra de Dios, de la Gracia y del Amor. La misión sacerdotal deberá estar siempre marcada por la caridad de Cristo que nos urge; ningún otro estímulo la podrá sustituir y superar.

El Papa les decía a los nuevos sacerdotes en San Pedro: “levanten la mirada y contemplen los campos; la mies es dorada y es hora de siega… el mundo los necesita… los espera… incluso en el grito hostil que lanzan contra ustedes el mundo… los hombres denuncian su propia hambre de verdad, de justicia, de vida, de paz, de fraternidad, de reconciliación… escuchen el gemido del pobre… la voz inocente de los niños… el grito expresivo de la juventud… el lamento y el dolor del trabajador fatigado… el suspiro del que sufre… la crítica del pensador… no teman… la Iglesia es madre y maestra… los acompaña y los ama…”

Hermanos descubramos el Don que Dios hace a nuestro pueblo con el sacerdocio entregado a nuestros hijos. Jóvenes: Dios, su Iglesia y La Rioja necesitan la respuesta generosa y valiente de ustedes.

El Sacerdocio y la Vida Religiosa son dones de Dios para su pueblo. Oremos para merecerlos y para que quienes son llamados sean fieles y lo entreguen para la felicidad de sus hermanos.

Que María y San Nicolás bendigan nuestra diócesis.