Homilía (09 de abril)

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En este segundo domingo después de Pascua, las lecturas tomadas de la Biblia nos describen el primer fruto de la Resurrección de Jesús. Son tomadas del Libro de HECHOS, 2, 42-47. De la Primera Carta de Pedro 1, 3-9 y del Evangelio de Juan 20, 19-31. Las cito para que durante la semana las podamos leer detenidamente en nuestras casas. Cómo era: con sencillez de corazón y con alegría se reunían asiduamente para escuchar las enseñanzas de los Apóstoles, participar de la vida común, celebrar la eucaristía y poner todo en común según las necesidades de cada uno, oraban en común alabando a Dios. Eran queridos por todo el pueblo y cada día se acrecentaba la comunidad cristiana.

La Fe nacida de la Pascua los llevaba a vivir la alegría a pesar de las pruebas que debían sufrir; sólo así la Fe será más valiosa cuando se purifica. “Ahora crees, Tomás, le dice Jesús, porque me has visto, felices los que crean sin haberme visto.”

Una chica de un pueblo escribía sobre lo que ella sentía de la pascua: “…para mí es igual a alegría. Sé que Cristo ha resucitado; lo siento y me alegro. Me siento en comunión con el Creador y con lo creado; siento la alegría de reflejarme en los ojos de los hombres y decirles: ¡SOMOS NUEVOS!. No la sé explicar, pero es maravillosa vivirla… no sé más qué decir…”.

Como ven, la Pascua es “alegría” vivida cuando la fe es tan luminosa que se convierte en “sabiduría”, en experiencia. Una Pascua sólo “conocida” es una Pascua fría. Y porque la Pascua es una fiesta de familia debe ser una verdadera comunión entre los hombres. Dijimos en el “saludo pascual”, que la Pascua es una “tarea”, es conquista, es trabajo, es esfuerzo; en cada uno de nosotros y con los demás. Se la va haciendo juntos. No debemos solamente creer en la resurrección de Jesús, sino vivir el drama del hombre “solo” y de nuestra realidad de hoy, para que la Pascua cambie los signos de muerte en VIDA.

Vivir la Pascua del Señor supone una actitud fundamental que es asumida por el Apóstol Tomás cuando le responde a Jesús que lo invita a poner la mano en su costado y el dedo en las llagas de sus manos: “Señor mío y Dios mío.” Es la actitud del convertido; del que no pone como única medida para medir el Plan de Dios en lo pequeño de su razón; en sus cálculos y egoísmo personal.

Cuánto nos debe hacer pensar a nosotros cristianos esta actitud de Tomás antes y después del encuentro con Jesús resucitado!..

Cuando leíamos o escuchábamos los hechos que, durante esta semana pasada, se registraban en distintos lugares de nuestra patria, protagonizados hasta con sangre, nos debe hacer alertar a todos que hay mucho por hacer para que la Pascua de Cristo se efectivice en nuestra comunidad argentina.

Para nosotros, argentinos, sigue siendo doloroso el camino de la resurrección. Ciertamente no se construye contraponiendo armas por armas. Los signos que impiden vivir la VIDA en plenitud, no se los elimina contraponiendo violencia.

Debemos urgentemente tomar conciencia de que el grito y el clamor, los sufrimientos y el “manoseo” que hacemos de la persona humana, razón de ser de la Pascua del Señor, clama al cielo.

No impidamos la creatividad en nuestro pueblo, ni la posibilidad de hacer fructificar los dones sembrados por Dios en cada argentino, para buscar los caminos que llevan a hacer de nuestra patria, no una patria triste, frustrada, sino libre y con la capacidad de crear una verdadera comunidad de hermanos que juntos luchamos por la felicidad de todos.

¿Ustedes creen que es un sueño? Si seguimos así, ciertamente que lo será. Pensemos todo lo que nos toca a todos y a cada uno de nosotros, para que La Rioja sea, no una tierra sufrida sino una tierra feliz.

¿No nos tendremos que poner de rodillas y exclamar como pueblo: “Señor mío y Dios mío”? Pensémoslo.