Homilía (08 de Enero)

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Hermanos y amigos radioyentes de L.V. 14.

Durante el mes de Enero, el Vicario General de la Diócesis, ha venido des- entrañando el tema del BAUTISMO. Es fundamental que los cristianos nos preguntemos ¿Qué es el bautismo?, ¿Qué produce el bautismo en quien lo recibe?, ¿Qué exigencias tiene el bautismo en la vida de los bautizados?

Hoy quiero referirme a un importantísimo documento del Papa Pablo VI. Fue hecho público el 8 de diciembre del “75”. Su título es el siguiente: “EL ANUNCIO DEL EVANGELIO A LOS HOMBRES DE NUESTRO TIEMPO”. Está dirigido a todos, a los miembros de la Iglesia Católica, a los creyentes y no creyentes; a todos los hombres de nuestro mundo contemporáneo. Nos toca muy directamente, a nosotros, pastores y mensajeros del Evangelio. ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! nos dice San Pablo en la carta a los Corintios (9, 16-19). Este documento es el fruto de la reunión de los obispos tenida en Roma el año 1974, sobre la evangelización. Es, también, a propósito de diez años del Concilio Vaticano Segundo, cuyos objetivos se resumen en definitiva en uno solo, a saber: “hacer a la Iglesia del siglo XX cada vez más apta para anunciar el Evangelio a la humanidad del siglo XX”. Anunciar el Evangelio es anunciar a los hombres de nuestro tiempo a JESUCRISTO. Él es la BUENA NOTICIA (esto quiere decir Evangelio) que nuestro Padre Dios nos envía a los hombres, para que podamos transformarlos en hombres nuevos. “Revístanse del hombre nuevo… y reconcíliense con Dios…” dice Pablo en Ef. 4, 24; Col. 3, 10; Gál. 3, 27.

La Iglesia jamás puede y debe renunciar a esta misión de “anunciar el Evangelio”, “oportuna e inoportunamente…” Así deba sufrir persecución o perder la “simpatía puramente humana” de los hombres. Esta misión es dada por Dios; a Él debemos serle fiel y a Él rendiremos cuenta al final de la vida.

“Una exhortación en este sentido, dice el Papa, nos ha parecido de importancia capital; nos incumbe por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado. No admite indiferencia, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una belleza que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la FE, que tiene su fundamento en la potencia de Dios. Es la VERDAD. Merece que el apóstol (somos todos los cristianos) le dedique todo su tiempo, todas sus energías y, que si es necesario, le consagre su propia vida.

¿Qué es Evangelizar? el mismo Papa nos lo dice en su Documento: No es fácil poder reducirla a una definición. No es solamente anunciar a Cristo a aquellos que lo ignoran; ni solamente la predicación; ni solamente la administración del bautismo y de los otros sacramentos. Todos ellos son elementos de algo más rico y complejo. “EVANGELIZAR significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Gál. 6, 15; 2 Cor. 5. 17; Apoc. 21, 5). Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay hombres nuevos, con la novedad del bautismo (Rom. 6,4) y de la vida según el Evangelio (Ef. 4, 23-24; Col. 3, 9-10)… La Iglesia Evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del MENSAJE que pro- clama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concreto…”.2 Para la Iglesia no se trata de predicar solamente el Evangelio en zonas geográficas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio de los hombres, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de los hombres, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación. Lo importante no es evangelizar de una manera superficial sino en profundidad y hasta las mismas raíces, la cultura y las culturas de los hombres, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios. El Anuncio del Evangelio adquiere toda su dimensión solamente cuando es escuchado, aceptado, asimilado y cuando hace nacer en quien lo ha recibido una adhesión del corazón. Debe convertirse en un testimonio de vida. El que así ha sido evangelizado, evangeliza a otros. Así da testimonio y anuncia.

Este año que tenemos como plan pastoral MATRIMONIO Y FAMILIA qué importancia cobra la evangelización en el seno de cada familia, una familia evangelizada se convierte en evangelizadora.

Al comienzo del año nuevo, les dije que la ESPERANZA era la tónica de este año “76” difícil y cargado de problemas de toda índole. Que queríamos ser mensajeros de esperanza y de paz, de Cristo lo sacamos. Más aún, evangelizar, no significa que lo hacemos como hombres abstractos, sino concretos. Hombres que vivimos esta realidad concreta de hoy.

Por estos hombres concretos, que en nuestro caso es nuestro pueblo riojano, la Iglesia no puede ni debe renunciar a prestar desde su intransferible misión, a ayudar a su pueblo a que asuma sus derechos y sus deberes con responsabilidad; a que cada persona de nuestro pueblo sea respetada y ayudada a crecer como lo quiere Dios. No le es, por tanto, ajeno a su misión, estar junto al que sufre; al desorientado; al que está privado de libertad; debe cuidar y velar para que la mentira, la venganza, el odio, el desenfreno moral, el robo de distintas maneras y formas, la delación, el abuso de poder, la indiferencia ante la muerte de cualquier persona, la indiferencia y el rechazo de Dios, etc., vayan también minando los valores espirituales de nuestro pueblo. Esto forma parte de su misión evangelizadora. Junto a ello cobra mayor urgencia el llevar a cabo una adecuada catequesis en todas sus formas y ambientes. La FE debe ser vivida; no la viviremos si no es suficientemente proclamada. No iluminaremos nuestros problemas concretos desde la Fe Cristiana, si no la conocemos adecuadamente. No es tarea sólo de los sacerdotes sino de todo el pueblo de Dios. Desde los hogares se debe ir madurando la Fe de los hijos para que mañana no se sientan desorientados y hagan opciones que luego nos hacen sufrir.

Si es difícil y dolorosa la hora que estamos viviendo, sin embargo, lejos de dejarnos vencer, hay que saber descubrir todo lo nuevo y positivo que está oculto en esta grave crisis. En las grandes crisis, Dios habla a su pueblo brin- dándole los caminos de la salvación. No son simples frases; es la hora de Dios que habla secretamente desde el corazón de cada hombre y desde cada acontecimiento doloroso o feliz.