Homilía (01 de Septiembre)

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Amigos y Hermanos Radioyentes de L.V. 14.

Los dos textos que acabamos de escuchar son por sí solos suficientemente ricos y expresivos para despedir a una comunidad diocesana. San Pablo en su carta a los Romanos (c.12) detalla el programa de la vida cristiana. San Juan, en su Evangelio (c.16) nos narra el fundamento de esta vida cristiana: sean entre ustedes el signo de la unidad y del amor de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es una frase simplemente piadosa y fuera de la historia de los hombres. Vivir esto es realizar la más profunda transformación de la vida de una persona y de un pueblo. Hoy, como argentinos, necesitamos reflexionar mucho estos dos pasajes de la Biblia que acabamos de leer. No debemos caer en el pesimismo, pero sí debemos estar muy alertas de que aún falta mucho para que estas dos lecturas sean realidad plena en nuestra vida.

Al hacer el “informe” para el Santo Padre de estos cinco años últimos de la diócesis, hemos podido apreciar mejor cómo el Señor nos ha ido conduciendo como de la mano, a pesar de las múltiples y difíciles dificultades del camino. Porque más allá de los episodios que hemos vivido, hay que desentrañar lo que viene obrando, misteriosamente, Dios en nuestro Pueblo Riojano. Ciertamente que es un pueblo elegido para ser signo de algo nuevo que quiere Dios de nosotros.

No son las estadísticas ni los documentos que podamos llevar. Lo más importante es poder, de alguna manera, comunicarle al Vicario de Cristo y Sucesor de San Pedro, las alegrías y los sufrimientos de La Rioja. Poderle comunicarle todo eso que no se hace publicidad y que queda en el silencio y en el olvido, eso que ustedes viven cada día, eso que vive nuestro pueblo para ser más feliz, eso que en cada fiestas patronales se manifiesta y se comparte fraternalmente; eso que ustedes sufren en silencio; eso que está encerrado en cada hogar; en cada pueblo; en cada barrio; en cada puesto de nuestro interior.

No es lo más importante llevar documentos e influencias para que el Santo Padre conozca nuestra realidad. Debemos llevarle toda la realidad para que pueda, desde su misión de Padre universal de la Iglesia ayudarnos a que la diócesis pueda cada vez más, compartir toda la vida de su pueblo.

Comprenderán mejor, entonces que no son criterios puramente humanos los que motivan este encuentro del obispo con el sucesor de Pedro. Mirándolo desde la Fe, nos trae a la imaginación los viajes apostólicos de los Apóstoles que regresan adonde está Pedro para compartir colegialmente la Iglesia de Cristo y la misión de anunciar el Evangelio a todos los hombres.

Además, en el caso nuestro, sabe muy bien el Santo Padre que esta diócesis ha sentido en su propia carne todo aquello que es lógico cuando, pobremente, se quiere ser “voz de los sin voz”. Por eso, en este Año Santo, creo que las bendiciones de Dios se harán sentir en nuestra provincia de una manera especial. Los hechos se seguirán dando en una mayor reconciliación verdadera y evangélica. Así se lo pediré a San Nicolás, cuando, con el favor de Dios, pueda llegar a su basílica para orar ante su cuerpo, que como reliquia preciosa está custodiado en Bari. Así se lo pediré al Santo Padre cuando le pida que bendiga a nuestra Rioja. Todos ustedes estarán presentes en esa oración de este hermano obispo.

Le llevo al Santo padre un poncho riojano y un Cristo hecho con la arcilla de nuestra Rioja. No es sentimentalismo; es traducir en un gesto esa “comunión de mente y corazón”, y a la vez decirle que, con la gracia de Dios seguiremos caminando y ayudando a La Rioja a que sea eso que tantas veces hemos dicho: un pueblo feliz y una Rioja Nueva. Le pediré que bendiga a nuestros hermanos que aún no acaban de ver que otros son los caminos del Señor que los elegidos por intereses no evangélicos. Llevaré la realidad de nuestro presbiterio, de nuestras religiosas y de nuestro laicado con la cuota de alegrías y sufrimientos (que) hemos tenido en estos años. Le llevaré todo aquello que está guardado en tantos corazones rectos que se esfuerzan por servir a nuestro pueblo.

Hermanos; en cada misa dominical sigamos orando y permaneciendo unidos, construyendo eso que leímos en el c.12 de la carta a los Romanos y en el capítulo 16 del Evangelio de Juan.