Homilía (01 de Junio)

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Hermanos y Amigos Radioyentes de L.V. 14.

La Iglesia nos ha hecho reflexionar juntos durante el mes de mayo sobre las grandes celebraciones cristianas: PENTECOSTÉS – SANTÍSIMA TRINIDAD – LA EUCARISTÍA. El mes de junio se nos abre con la celebración del Sagrado Corazón. Es el mes dedicado especialmente a meditar en el amor de Cristo a los hombres. En el centro de todas estas celebraciones está CRISTO, el Hijo de Dios, nacido de María la Virgen, la Segunda Persona de la Trinidad, el que nos envía al Espíritu Santo, el que entrega su vida por los hombres en la Cruz, el que se queda con nosotros en la Eucaristía, el que se nos presenta diciéndonos: “éste es el corazón que tanto ha amado a los hombres”. Es el mismo Cristo que nos llamó a ser miembros de su Iglesia. Es el Cristo que para descubrirlo, conocerlo, amarlo y darle sentido a nuestra vida, es necesario familiarizarnos de su Evangelio; verlo en cada rostro humano, descubrirlo en cada dolor y alegría; amarlo apasionadamente como el novio ama a su novia, saber jugar la propia vida como El la jugó en la cruz por sus amigos que somos nosotros los hombres. ESTE es el Corazón de Jesús. Hay que saberlo descubrir en la Vida para ser felices. Hay que buscarlo cada día porque nos espera en cada acontecimiento de nuestra vida. Hay que anunciarlo y mostrarlo a los demás con el testimonio alegre de la vida de cada día.

Hace poco, en la semana de La Rioja, pudimos ver una película que se llama “RAULITO”. En toda la película se desarrolla el drama de la sociedad en que vivimos. Parecería que el hombre es una cosa; que el amor fraternal es un des- conocido; que el “orden establecido” es más importante que el niño huérfano, abandonado, sin cariño y sin hogar. No hay tiempo para ser amigos, relacionar- nos; darnos una mano y querernos. Es más importante saber hacer muchas distinciones acerca de la vida que vivirla en plenitud y sentir el calor de una mano amiga. En la película la protagonista dice una frase que sintetiza toda la película: “desde que nací estoy buscando…” La que lo dice es una niña disfrazada de changuito. Por eso se llama “la Raulito”. Al final de la película, esta Raulito, escapada de un Asilo, corre, huyendo con un amiguito huérfano de apenas cinco años, sin casa y sin calor de hogar como la Raulito; al niño lo llaman “medio pollo”. Y mientras corren por el arenal que está junto al mar, se can- san; el chico se cae en el arenal; Raulito lo arrastra; no puede más. Mientras tanto las olas del mar se echan arriba como para atraparlos; mientras tanto se oye el silbato de sirena policial. Impotente, la Raulito se sienta en el arenal; toma al changuito, lo cobija en su seno y lo cubre con sus brazos. El viento los cubre de arena, la Raulito se convierte en piedra y la ciudad sigue su vida haciendo sonar la sirena para cuidar el “orden establecido”. La película no tiene “fin”. Es un grito para todos nosotros que debemos buscar juntos la solución para no tener una sociedad así y que no tengamos más Raulitos como la de la película… porque “desde que nací estoy buscando…” nos contestan muchos “Raulitos” que quizás conocemos; que quizás seamos nosotros mismos.

Este es el gran interrogante del hombre de hoy: “sigue buscando el secreto para ser feliz”. No lo hace feliz ni el dinero, ni el poder, ni el placer de la sensualidad… Después que logra todo esto… sigue buscando… le da miedo la soledad que siente y la soledad que encuentra entre sus hermanos los hombres. Tiene hambre de alegría, de amistad, de fraternidad, de encuentro con alguien que le quite de su vida estos interrogantes; que se le acerque como amigo y no le mienta; que no lo engañe; que no lo use; que no lo explote; que con él pue- dan rezar juntos el Padrenuestro, sabiéndose hijos de un mismo Padre y hermanos entre sí.

Y mientras vivimos todo esto, nuevamente en este junio oímos decir: “este es el corazón que tanto ha amado a los hombres…”; es ese Alguien que todos buscamos… es Cristo, el de la Cruz; el de la Resurrección; el del Evangelio; el Hijo de Dios e Hijo de María; el del catecismo que aprendimos a conocer; el de la Primera Comunión y de la Confirmación; el que se nos presenta con su perdón cuando volvemos a la casa paterna como el hijo pródigo; es el mismo Cristo que unió el amor sacramental en el matrimonio; es el que sufre en cada pobre, en cada enfermo, en cada huérfano, en cada hambriento; en cada desorientado; en cada hombre que llora su soledad; en cada joven que busca un mundo mejor: en cada mujer, esposa, madre, religiosa es el mismo Cristo que sigue acompañándonos en la vida como a los discípulos de Emaús. Es el que está guardado y cobijado en cada Raulito que encontramos en la vida. Este es el Cristo que buscamos y que a veces se presenta como signo de contradicción. Este mismo Cristo es el que nos regaló a los hombres a su Madre, con el CANTO: MI ALMA CANTA DICHOSA AL SEÑOR PORQUE HIZO MARAVILLAS ÉL, QUE ES TODOPODEROSO… exaltó a los humildes y destronó a los soberbios.

Este es el CRISTO que debemos seguir buscando en cada novenario preparatorio a las fiestas patronales; en cada hogar cuando nos encontramos en familia; el que se nos habla cuando meditamos la Biblia o los Santos Evangelios. Este es el Cristo a quien, chicos, deben conocer y querer en el cate- cismo. Este es el Cristo, queridos jóvenes, a quien ustedes deben encontrar, porque es el eternamente joven. Este es el Cristo que no nos hará ser Raulitos en la vida.

Porque nos dice:

feliz el que tiene alma de pobre, porque de él es el Reino de los cielos, felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia,

felices los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados, felices los compasivos porque obtendrán misericordia,

felices los de corazón limpio porque verán a Dios,

felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios

felices los que son perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos,

felices ustedes cuando por mi causa los maldigan, los persigan, les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo.

Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo. Debe brillar la luz en ustedes para que los hombres vean las buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos.

Amigos: En este mes de junio sería bueno que nos hiciéramos estas preguntas:

¿Quién es este Cristo – que (para) los cristianos es la Vida, – que nos hace más libres, más fuertes, más hombres a medida que nos fiamos en él?

¿Quién es este Cristo que nos propone su luz y abre a nuestra vida horizontes insospechados?

¿Quién es este Cristo para quien todo hombre es mi hermano, todo trabajo sagrado, toda vida respetable y que construye a través de nuestras pobres vidas este mundo nuevo y eterno que buscamos?

¿Todo esto no valdrá la pena que nos lo propongamos conocer mejor a este Cristo tan extraordinario que ha iluminado ya a tantas vidas?

Entre esas vidas iluminadas por este Cristo son nuestros Santos Patronos, a quienes les celebramos las fiestas patronales. SAN NICOLÁS es un modelo de seguidor de Cristo.

Amigos: Esto es lo que deberemos buscar en toda nuestra tarea pastoral al fijar como meta: el matrimonio y la familia. Oremos para que nuestros hogares sean reevangelizados para que así puedan ser evangelizadores.

Haciendo felices a nuestros hogares, haremos feliz a nuestro pueblo.