Fray Mamerto Esquiú y una visión superadora de los conflictos

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El nuevo cementerio de la Ciudad Capital de La Rioja, fue planteado como una obra estatal, oficialmente en 1881 el Gobierno de la Provincia celebra un contrato de construcción con los constructores Luchini y Quadri para la edificación del mismo; a su vez inicia el proceso de redacción   del reglamento que ponía en vigencia la nueva normativa para los cementerios públicos y de manera particular para el de la ciudad, en este contexto el Vicario Foráneo Pbro. Francisco Cuesta se opuso tenazmente a la nueva legislación y al carácter público fiscal del nuevo cementerio, por cuanto  prohibía las inhumaciones en el interior de las iglesias o sitios aledaños y pautaba que las sepulturas solo se llevarían a cabo en este tipo de establecimientos. Además, esta normativa determinaba que el cura y vicario junto con el Poder Ejecutivo determinarían el día en el que se efectuaría la consagración del “referido establecimiento”.

Además el nuevo reglamento desplazaba al cura o vicario del otorgamiento de los boletos de sepultura, por una certificación de un responsable sanitario o autoridad policial. Este escenario de marcada conflictividad para la época puso en prueba el temple y la cordura de Fray Mamerto Esquiú para lograr un entendimiento con las autoridades civiles y una convivencia pacífica y fraterna con el Vicario Cuesta. En ese orden el obispo  Fray Mamerto Esquiú logra consensuar una administración compartida en el nuevo cementerio y conservar en la capilla del mismo todos los ritos de la liturgia funeraria.

Fray Mamerto Esquiú: intensa administración de los sacramentos y denodada acción a favor de los humildes 

A su arribo el 31 de diciembre de 1882 Fray Mamerto Esquiú desplegó una intensa labor pastoral,  celebró misa en cada uno de los templos existentes en la ciudad, recibió los informes del Vicario Foráneo Francisco Cuesta sobre el estado pastoral de la provincia administró los sacramentos de la comunión y la confirmación , evaluó las reformas propuestas al reglamento del cementerio e intercambio apreciaciones con Fray Zenón Bustos y Ferreira guardián del Convento San Francisco  sobre las festividades de San Nicolás, que por la fecha de visita se llevaban a cabo en la ciudad.

En ese intenso celo evangélico por su labor como obispo Fray Mamerto Esquiú, comienza a experimentar malestar en su estado de salud que le impiden  realizar las atenciones pastorales los días 6 y 7 de enero.  Atento al cuadro delicado que presentaba el obispo, un sacerdote alemán que se encontraba desempeñando las funciones  de Teniente cura en la Iglesia Matriz P. Acken  le suministró unos remedio homeopáticos que le permitieron recomponerse y preparase para retornar a su sede episcopal en Córdoba.

Fray Mamerto Esquiú: retorna a Córdoba, sus últimos días. 

El lunes 8 de enero Fray Mamerto Esquiú celebra  misa en el altar de San Francisco Solano, en el convento;  Fray Zenón Bustos y Ferreira Guardián de San Francisco, le despide de su visita a La Rioja, previamente el gobernador  Francisco Vicente Bustos le envió un cargamento de comestibles y bebidas que el obispo repartió en el trayecto de regreso.

Ese día como las jornadas anteriores fue de un agobiante calor, tomó la mensajería y se puso en camino de regreso a Córdoba acompañado por el sacerdote Pedro Ignacio Anglada, Manuel Fernández, Samuel García, vecino de Famatina y un señor de apellido Lelane, según los relatos de la época el obispo Esquiú partió visiblemente delicado de salud.

Desde la ciudad de La Rioja atraviesa las postas rurales de Estanquito, El Quebracho, Santo Domingo, Santo Antonio, La Lata, Jesús María, El Médano, Casa de Piedra, El Carril en La Guardia, San Miguel y la posta de El Suncho. “El martes 9 de enero su molestia se agravó inquietando a las personas que lo acompañaban. Manuel Fernández, aficionado a la homeopatía, llevaba consigo un botiquín y le suministró algunos remedios en el camino. En la posta de Medanitos pararon para comer, pero el obispo Esquiú no probó bocado.

Muere feliz entre los pobres. Sufriendo el calor sofocante de aquellos terribles días de enero y molestado continuamente por la tos, el padre Esquiú viajaba soportando el sacudimiento y balanceo de un incómodo coche de mensajería, por caminos secos y polvorientos. El miércoles 10 de enero amaneció bien, tomó otro remedio y antes de marchar tomó dos pocillos de café y un bizcocho. Le sobrevino más tarde la sed, tomaba mucha agua. Le dijo al Padre Anglada: »Cuando lleguemos al Recreo, si Dios me presta la vida hasta allá, me ganaré una cama y tomaré manzanilla y agua tibia para vomitar todo lo que he comido en La Rioja». (Francisco Castellanos Esquiú, Pág. 234).  Llegaron a la posta de El Suncho, distante a cuatro leguas de la estación Recreo; allí debían cambiarse los caballos. Cuando la mensajería se detuvo bajaron todos, con excepción del Obispo que bendijo a los presentes desde el carruaje. El señor Anglada hizo preparar una habitación en la posta; volvió al carruaje e invitó al Obispo a descender. Pero una descompostura violenta hizo que los demás lo alzarán y lo trasladarán hasta la habitación preparada en la casa de Don Fernando Santillán y de su esposa Justina Heredia. Se le pusieron sinapismos de mostaza en las pantorrillas y un paño de aguardiente en el estómago y se le hicieron otras curaciones y remedios, pero sin el menor resultado. A las tres de la tarde, como Jesucristo, Fray Mamerto Esquiú entregó su alma a Dios, en la agreste soledad del sur de la provincia de Catamarca, rodeado de gente humilde, por eso, sin duda, tenía en su rostro una expresión tan dulce como la sonrisa de un ángel”.

Periódicos de la época reflejaron el suceso en tristes publicaciones que lo calificaban como un «gran pastor», un «gran hombre», y el «humilde entre los humildes».