Cinco años de pastoral (24 de agosto)

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“Hemos vivido intensamente alegrías y dolores profundos”

Hace cinco años que llegué a La Rioja. Traía un sacerdocio sacramental en plenitud que no era para mi, sino para entregarlo a este pueblo. Traía un concilio apenas acabado y un Medellín recién horneado. Traía muchas ganas de entregarme a fondo y configurarme con el pueblo al que el Señor me había enviado. Traía una debilidad semejante a la de todos los hombres y la fuerza de quien hace fuerte a los débiles. Traía todo aquello que es una persona concreta; los mejores sentimientos de amigo, hermano, padre. Traía todo lo que puede llevar consigo un obispo cuando llega a su diócesis por primera vez. Por eso nos preguntamos entonces: “Iglesia, ¿quién eres y cuál es tu misión en La Rioja?”.

Años de vida intensamente vivida

Caminar solo no quise ni debía hacerlo. Tiré sobre la mesa todas las cartas y dejé en claro a dónde quería que fuese esta mi diócesis. No oculté nada. Recalqué las ideas madre del concilio hasta que fueran penetrando en la carne y la sangre de esta iglesia. Invité a hermanos sacerdotes y religiosas, que acudieron a mi llamado. No tengo sino palabras de gratitud para ellos. Un día La Rioja deberá darles testimonio público de gratitud, como no podría ser de otro modo, ya que Dios nos ha regalado con el don de la acogida.

Ya hemos vivido cinco años, intensamente: alegrías profundas y dolores profundos, fidelidades y traiciones, un pueblo que descubrió que la Iglesia es madre y unos pocos que abandonaron la casa porque “sospechan” de ella. Acontecimientos verdaderamente salvíficos fueron jalonando la historia de estos años, historia breve, pero ciertamente irreversible: una opción tomada y un proceso ya andado, mezclado cada vez más con el pueblo. Hoy se suman las voces de “crucifícalo” con las voces de esperanza. Ayer unos hermanos dijeron «¡presente!»; hoy abandonaron su puesto para defender lo contrario.

Son cinco años de una riqueza extraordinaria para quien los quiera ver desde la fe, en la coyuntura histórica que nos toca protagonizar. Porque no somos islas, sino que tenemos vocación universal, de encarnados y comprometidos.

Signos del Espíritu

Podríamos confeccionar un elenco de cosas, pero no es mi objeto elaborar un muestrario, ni es mi meta lo publicitario. Es otra realidad, que se siente y se vive, que se lleva sin querer mostrarla, que a unos apasiona y a otros provoca rechazo… «Estupidez para unos y para otros locura…». Para los sencillos, un signo de la Buena Noticia… En fin, un signo de contradicción.

Y en estos cinco años la vida ha sido tan intensa que sigue reclamando opciones. No creo que sea todo fruto de la carne, porque los signos muestran opciones que provienen del Espíritu. Para todos: para el obispo, para el presbiterio, para las religiosas y para el laicado.

No lo buscamos, se fue viniendo. Diría que Dios fue quien eligió, no sé por qué. Pero hoy esta Iglesia diocesana es también signo de esperanza y de vida para mucha gente que no es riojana. Las confidencias recogidas son muchas… ¡Y a veces me dan miedo!

Hoy no tenemos derecho de bajar las manos, de entretenemos en estupideces caseras, de darnos el lujo de sentirnos afectados si no nos consideran «personajes», ni de querer medir este proceso con el patrón de la realización individual. Es un misterio de cruz que habrá que saber leer. Pero ya no podemos andar jugando a lo adolescente, mariposeando entre si soy de aquí o soy de afuera.

Con todo, habremos de examinarnos, para ver qué exigencias reclama de nosotros al encontrarnos en La Rioja creando una iglesia, no distinta de la de Cristo: la misma, la de siempre y la de ahora, la que debe ser signo hoy y preparar los caminos para la de mañana. Todos somos necesarios y ninguno es imprescindible.

Creemos en la Iglesia plantada en La Rioja

Hace cinco años que estoy en un pueblo que tiene su propia identidad, como realidad socio-cultural y como iglesia local. Los de aquí y los de afuera tenemos el deber de respetarla. O mejor, no debe existir en cristiano esa contraposición, “nosotros los de aquí y ustedes los de afuera”. Con todo, es bueno pensarlo: los de afuera, convertirse a esto, y los de aquí a lo más universal. Pero en todo la caridad. Porque también es cierto que ya no tenemos ciudad permanente aquí abajo y se nos llama para vivir a fondo la encarnación, con mente y corazón de universalidad,

Así, pues, creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica; creo en la Iglesia plantada en La Rioja, en esta Iglesia que es santa y pecadora, inmortal y peregrina, fiel y a la vez infiel, que es de este mundo y no pertenece a él.

Y mientras caminamos, seguirán exclamando: “¡Crucifícalo!”, pero también gritarán: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”

Dije que serian solamente un puñado de reflexiones… A lo mejor les sirven: por eso se las envío.