Angelelli confiaba mucho en nosotras – Hna Felisa (ecj)

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La Hermana Felisa Bernahola es una anciana alegre de 91 años y aunque tiene demencia senil se le iluminan los ojos cuando le dicen la palabra Angelelli y responde «Un buen hombre». Ella, siendo joven, formó parte de la comunidad de Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús en la ciudad de La Rioja entre los años 1971 y 1986. Fue testigo del pastoreo de Monseñor Angelelli, de su martirio y de lo que ocurrió después. 

Aquí su testimonio en la Causa de Beatificación en el año 2015:

Hombre cercano y sencillo

«Tuve un trato muy asiduo con Angelelli porque él visitaba mucho las comunidades, a veces llegaba sin avisar, a dar una vuelta. Cuando renovamos la Junta de religiosas eligieron presidenta a nuestra superiora, la Hna Luisa Quiroga y él la confirmó en el cargo. Era muy cercano a nosotras, confiaba mucho, nos contaba cosas y pedía que rezáramos. A mí muchas veces me traía los manuscritos de sus homilías y me pedía que se las pasara a máquina. 

Era un hombre de oración, sencillo, humilde. Pasaba noches enteras rezando, era fácil encontrarlo en el Sagrario. Era un hombre pobre, su pobreza llamaba la atención, los zapatos gastados que nunca le vi renovar, las medias rotas. Era feliz con lo que tenía. Una vez la Junta de religiosas le compró un pulover para el cumpleaños, cuando le dieron el regalo lo apreció mucho y dijo ¡ya sé lo que voy a hacer! y se lo regaló el mendigo que estaba en la Catedral.

Era un hombre de gran fe, veía una necesidad y sin pensar en sí mismo o en su seguridad confiaba en Dios. Decía cosas evangélicamente importantes a los que tenían: Compartir, ser justos en los salarios, convertirse. El que se quedaba ciego ante lo que él decía era porque quería. No decía nada malo, evangelio puro. «Nos ataca» decían de sus homilías y era porque hablaba de problemas de la realidad, de cosas que advertía que había que cambiar. Era un hombre de esperanza. Sus homilías eran un llamado a la solidaridad, a jugarse por el pobre.

Cuando lo mataron allanaron la curia, pedían los ornamentos para revestir el cuerpo, entraron los policías a elegir. A mí me tocó después ordenarlo, ví una gran pobreza, cosas comunes, jabones de poca calidad, ropa gastada, zapatos rotos.

No le tenía miedo a nada. Para la Procesión de Corpus de 1976 estaba amenazado y le decían que no saliera, se puso los mejores ornamentos y salió lo mismo.

Pérez Bataglia, el Jefe del Ejército lo invitó a una cena con una tarjeta muy elegante y al final, en modo sugestivo decía «venir sin compañía», las religiosas le pedimos que no fuera porque había hecho desaparecer a muchos soldados y nos hizo caso.

No estamos de acuerdo con el Obispo

La gente estaba feliz con que el obispo iba a todos lados y saludaba, que los tenía en cuenta. En nuestro Colegio algunos padres de familia y docentes comenzaron a criticarlo. Le atribuían al obispo cosas inverosímiles ¡Que se disfrazaba de Che Guevara e iba por los pueblos! Una vez un grupo de padres me atropelló y me dijeron «No estamos de acuerdo con el obispo», «Saque a sus hijas si no está de acuerdo» les respondí y se quedaron con bronca. Un grupo de docentes cuchicheaban en contra del obispo. La gente rica se sentía atacada porque los invitaba a la solidaridad, al perdón. Lo atacaban con el mote de Satanelli.

El obispo fue vejado por un grupo de padres del Colegio. Las alumnas estaban formadas en el patio y entró Monseñor, los padres comenzaron a pegarle en la espalda y a escupirlo. Él les dijo «¡Hijos! ¿qué les pasa? vengo a confirmar sus hijas en la fe ¿esta es la fe?». Lo insultaban diciéndole guerrillero, comunista, tercermundista y más le pegaban. Una hermana nuestra los regañaba pero ellos seguían. Uno de ellos era Lucero que unos días antes, por violencia familiar, habíamos tenido que cuidar nosotras a su hija. Otro era Torres Brizuela. Otra hermana nuestra le gritó ¡Señor Lucero! ¿No le da vergüenza pegarle al obispo?. Unos días después vino Torres Brizuela a inscribir a su hija para el año siguiente. Por lo sucedido no quise inscribirla y le dije «Usted no está conforme con la Iglesia, así que tampoco está conforme con nosotras» y me tiró el escritorio encima. Los Cruzados hablaban mal de nosotras y la Madre General nos dio la consigna de ser fuertes y prudentes y obedientes al Obispo.

El obispo había tocado el punto ardiente de la pobreza. Defendía a los pobres, decía la situación de abandono y de injusticia y los ricos se sintieron muy tocados. El obispo no atacó nunca a personas concretas. Jamás. A todos los trataba de hijos y nos pedía que rezáramos por ellos. Él amaba a su pueblo. Daba la vida por su pueblo.

A las tres va a haber un chancho grande

La mañana de la muerte de Angelelli, la secretaria de la escuela, notable denostadora del obispo, hablando con una maestra que faltó, le dijo: «Te dejo porque estoy apurada, te aviso que esta tarde a eso de las tres  va a haber un chancho grande». A esa hora recibí un llamado y un hombre vociferaba: «¡Viva la Patria. Mataron al Obispo!». Yo lo identifiqué y lo llamé por el nombre y me cortó. Una familia que venía de Buenos Aires para inscribir a su hija me llamó pasado el medio día desde Chamical diciendo que la ruta estaba cortada, que no dejaban pasar a nadie. Yo después deduje que liberaron la zona para que nadie fuera testigo del accidente, que después realmente fue asesinato.

El cielo se puso feo y sopló mucho viento que arrastraba tierra. Todo muy nublado y triste. 

Era inminente que iba a pasar porque realmente había gente que no lo quería, que lo odiaba. En el velatorio de la catedral había multitudes, algunos no fueron por miedo a ser perseguidos. Había una planificación para que la gente entrara amontonada, en silencio, rápido. Los militares no faltaron nunca y no dejaban acercarse al cajón. La gente demostraba veneración.

Con otra hermana fuimos al baño y de paso echamos una mirada al cajón y le vimos sangre saliendo debajo de la oreja de un círculo del tamaño de un dedo. A las manos las tenía como amarradas con trapos, como si se las hubieran quemado con saña.

La gente quiere, pide la canonización, la gente nunca dudó de su bondad.»

¡Gracias Hermana Felisa por tu testimonio que abarca también el de las hermanas que quisieron, apoyaron y lloraron a su obispo!

Aquí dejamos otros testimonios de las Hermanas Esclavas:

https://esclavascorazonjesus.org/testimonio-monsenor-angelelli-felisa-relata-vivencias-de-un-pastor-martir/

https://esclavascorazonjesus.org/90-anos-de-entrega/

http://diocesislarioja.org/los-zapatos-de-angelelli/