17 de Julio 2020 – Participación y compromiso para el desarrollo integral

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(Homilía pronunciada por Mons. Dante G. Braida en la misa presidida en Canal 9 –La Rioja, 17 de julio de 2020-)

 Querida comunidad:

Celebramos hoy en una sola fiesta a los CUATRO BEATOS MÁRTIRES RIOJANOS. Los celebremos beatos, o sea, felices. Gozan de la plenitud de la Vida Eterna luego de haber vivido su misión en esta tierra, luego de haber respondido a lo que el mismo Dios a cada uno le fue pidiendo. Respuesta generosa dada hasta regar nuestra tierra con su sangre derramada por amor.

Lo hacemos al calor de las celebraciones de San Nicolás en el centenario de la Aureolización pontificia de su imagen. Decía en la Carta Pastoral por este motivo que “Los beatos Wenceslao, Carlos, Gabriel y Enrique son una expresión de la santidad de Dios en esta tierra bendecida por San Nicolás… La devoción del beato Angelelli al Santo Obispo de Bari aprendida y compartida con su fervoroso y piadoso pueblo fue también fuente de gracia para la entrega generosa y total en su ministerio y propuesta pastoral.”

Y este año, esta fiesta la vivimos en un tiempo muy especial por la pandemia que estamos atravesando con todos los desafíos y oportunidades que ella nos presenta. Es un tiempo inesperado, inédito y que nos alienta a asumir un mayor compromiso. Por eso es providencial celebrar hoy a los cuatro beatos y recibir de ellos su luz, su palabra, su aliento. Ellos supieron asumir los grandes desafíos de su época enfrentando los problemas, generando nuevas propuestas pastorales y sociales, alentando al compromiso con todas las realidades. Y lo hicieron hasta entregar la propia vida siguiendo el camino Evangelio.

“Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” acabamos de La Paz es un don de Dios, es un fruto del Espíritu Santo, pero que requiere una tarea humana y muchas veces artesanal porque se la construye en el día a día, en cada uno de nuestros vínculos, ocupándonos de que llegue a todos los miembros de la comunidad y buscando cambiar todo aquello que la altera. Hoy esa paz tenemos que buscarla y sembrarla en este particular tiempo que vivimos. Un tiempo que tiene mucho para decirnos, o mejor dicho, a través del cual Dios tiene mucho para decirnos.
Una actitud propia de un verdadero creyente es aceptar la realidad tal como es, leer en ella los signos de los tiempos y asumir un decidido compromiso para modificar lo que es injusto. Como nos lo enseña el mismo Padre Obispo Enrique: “…toca a las comunidades cristianas discernir a la luz de la Fe, los hechos y los acontecimientos de la vida diaria y buscar las soluciones culturales, sociales, políticas y económicas que cambien el actual estado de cosas… Ayudemos a que todos los esfuerzos sanos, honestos, rectos y desinteresados para solucionar los problemas de nuestro pueblo, sirvan para ir construyendo una sociedad según el Plan de Dios.” (Misa Radial 8/12/1971)

No es un tiempo fácil, todos hemos tenido que parar, adaptarnos a cambios. A su vez, en medio de una nueva situación, con las nuevas dificultades también afloran problemas más profundos. Las actividades pastorales se ven resentidas: la catequesis, por ejemplo, la visita a misionera a los hogares, el no poder celebrar bautismos o participar de modo presencial de la Eucaristía. Cuesta no estar cerca de los seres queridos, mucho más si son personas mayores. Cuesta llevar adelante los estudios en una nueva modalidad. No poder trabajar es un drama para quien vive al día o para quien tiene responsabilidades con personal a Nos afecta la angustia por el encierro, el no poder practicar deportes o participar de espacios de recreación. Y duele la situación de pobreza de tantos hermanos. Estos son algunos de los grandes desafíos de este tiempo que necesitan ser escuchados y atendidos. Porque detrás de cada uno hay rostros, familias, niños, ancianos, etc.

Pero, a la vez, este tiempo nos está dando la posibilidad de sacar lo mejor de cada uno para animarnos a una reflexión más profunda y a transformaciones más grandes. Por eso no dudo que es un tiempo de muchas oportunidades. Pero para que las mismas sean reconocidas y aprovechadas requieren la participación de toda la comunidad. Cada bautizado tiene un lugar en la Iglesia como una hija o un hijo muy querido. Los animo a ocupar ese lugar integrándose con confianza al andar pastoral de una comunidad, de un movimiento, de una parroquia y de la diócesis. Pero también, de modo particular los laicos acompañados por sus pastores, están llamados por vocación a comprometerse y participar de las cuestiones temporales para transformarlas a la luz del Qué motivadoras son estas palabras del Beato Angelelli dirigida a ellos al llegar a la diócesis: “para que asuman mejor la responsabilidad temporal que les incumbe como laicos y se comprometan mejor para hacer de nuestra Rioja una comunidad más fraterna, más justa, más realizada y más feliz. Por eso piensen, reflexionen, dialoguen, opinen, participen, oigan, aprendan, obedezcan, intervengan, inquiétense, angústiense por los demás, sean solidarios y corresponsables con todos; testifiquen, vayan y produzcan fruto abundante de vida, de testimonio y compromiso cristiano; siéntanse corresponsables junto al obispo, a los sacerdotes y a las religiosas de la misión de la Iglesia. El lugar de ustedes es estar comprometidos en lo temporal, en el desarrollo integral del pueblo riojano”. («Primer Mensaje a la Diócesis de La Rioja»)

Participamos en primer lugar reconociendo lo que produce en mí esta situación, compartiendo lo que vivo con otras personas, escuchando también sus vivencias y, al mismo tiempo, percibiendo qué nuevas iniciativas surgen de este compartir.

Participamos, particularmente, a través de las instituciones que integran la sociedad. La participación en la Iglesia es esencial de acuerdo al estado de vida de cada uno. La participación en las instituciones del Estado es fundamental, esto en todos sus niveles reconociendo y respetando sus autonomías y finalidades. A la vez, cada institución social tiene una finalidad específica que contribuye al Bien Común y que requieren ser cuidadas y sostenidas para el normal desarrollo de una sociedad empezando por las familias y siguiendo por los ámbitos educativos, recreativos, vecinales, culturales, profesionales, sindicales, políticos… Para que una sociedad crezca tiene que existir participación en cada institución y mucho diálogo entre ellas en busca del Bien Común, del bien de toda la comunidad, especialmente de los más postergados. En estos tiempos críticos el diálogo interinstitucional en búsqueda de acuerdos y soluciones es más que nunca indispensable.

En la Doctrina Social de la Iglesia hay un principio que ayuda a un adecuado vínculo entre los miembros de una sociedad y particularmente entre las instituciones: es el principio de la Conforme a este principio, todas las sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda («subsidium») -por tanto de apoyo, promoción, desarrollo- respecto a las menores. De este modo, los cuerpos sociales intermedios pueden desarrollar adecuadamente las funciones que les competen, sin deber cederlas injustamente a otras agregaciones sociales de nivel superior, de las que terminarían por ser absorbidos y sustituidos y por ver negada, en definitiva, su dignidad propia y su espacio vital” (Compendio de la DSI 186).

Porque si es verdad que, como dice Francisco: “Todos estamos en la misma barca y nadie se salva solo”, también es verdad que en la barca tenemos distintos roles y todos son necesarios e importantes y requieren ser valorados.

También hoy en la barca hay quienes padecen más que otros esta realidad pandémica. Por tanto en la atención y promoción de los más postergados tiene que expresarse la vocación de trabajar por la paz que incluye el trabajo por una sociedad más justa y equitativa. “Felices los que son perseguidos por practicar la justicia…” decía el Evangelio; y la Carta de Pedro: “Dichosos ustedes, si tienen que sufrir por la justicia.”

Por eso invito a todos a comprometernos decididamente con este tiempo, participando y aportando con generosidad nuestros talentos y capacidades en alguna institución pastoral o social, buscando desde allí “el desarrollo integral del pueblo riojano.”

El beato obispo Enrique alentó esa participación en la Iglesia y en la sociedad. En la iglesia a través de la pastoral de conjunto que integraba muchas expresiones pastorales específicas. Y en la sociedad animando a organizarse de acuerdo a las necesidades o problemáticas afines, surgiendo así varias organizaciones, sindicatos, cooperativas y agrupaciones que podían buscar juntos caminos de desarrollo y salidas a sus propios problemas.

El beato Wenceslao, como laico, junto a su familia, creyó en esta propuesta pastoral y fue parte de la construcción de espacios laborares comunitarios en el ámbito rural, para que quien trabajaba pudiera hacerlo dignamente y tener una justa remuneración. Por eso hoy lo tenemos como patrono de la familia campesina riojana. Hoy uno de los grandes desafíos es promover la cultura del trabajo.

Los beatos Carlos y Gabriel, encontraron en el servicio generoso al pueblo el sentido más profundo de sus vidas consagradas. Creyeron y apostaron a una Iglesia que integra y da participación a todos sus miembros ocupándose especialmente del más pobre y desamparado.

Nuestros Beatos Mártires, en Cristo, han fundado su esperanza. En este Dios que se hizo hombre para obrar nuestra salvación. Para que vivíamos plenamente nuestra dignidad de Hijos de Dios y, unidos a Él, venzamos los males de nuestro tiempo –como lo vivieron nuestros mártires-. Sí, como nos decía el Apocalipsis: “Ellos mismos lo han vencido, gracias a la sangre del Cordero y al testimonio que dieron de él, porque despreciaron su vida hasta la muerte.

Con la fuerza de la gracia de Dios, con el aliento que nos da el caminar juntos y con la compañía cercana de nuestros mártires y de la Virgen del Valle, asumamos con renovada esperanza este tiempo. Que la entrega de los mártires hasta dar la vida encienda en cada uno el fuego del compromiso generoso para que el Reino de Paz y Justicia que Jesús vino a fundar sea una realidad entre nosotros y nos conduzca a la plenitud de vida donde ya están gozando ellos. Así sea.